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Granada, 8/09/08
Una familia recibirá la mayor indemnización por ruidos tras sufrir dos años de «infierno»
Un juzgado condena al dueño de un supermercado a pagar 30.000 euros a sus vecinos que soportaron, día y noche, el estruendo que producían los motores del local contiguo a su casa. El matrimonio y su hijo sufrieron daños psicológicos, depresivos y trastornos del sueño
M. N. Y EFE
 INSOPORTABLE. La familia afectada, ayer en su casa de Albuñol. /JAVIER MARTÍN
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Un matrimonio de Albuñol y su hijo están a punto de convertirse en los granadinos que han recibido una indemnización mayor por ruidos, después de soportar casi dos años los intensos ruidos que emitían los motores de las neveras del supermercado contiguo al domicilio. Un juzgado de Motril ha condenado al dueño del comercio a indemnizar con 30.000 euros a los tres miembros de esta familia por el perjuicio psíquico y moral que sufrieron.
En la sentencia, a la que tuvo acceso Efe y que ha sido recurrida por ambas partes, el Juzgado de Instrucción 3 de Motril admite parcialmente la demanda interpuesta por la familia, un matrimonio y su hijo que pedían ser indemnizados con 112.152 euros. Queda probado que entre enero de 2005 y octubre de 2006 los demandantes reclamaron por escrito en «numerosísimas ocasiones» al Ayuntamiento y formularon denuncias ante la Policía Local, que en varias visitas a la vivienda comprobó la existencia de los ruidos.
Después de que una inspección acústica -con mediciones realizadas hasta de madrugada- verificara que los ruidos excedían los parámetros reglamentariamente admisibles en todas las modalidades de medición, el Ayuntamiento inició un expediente sancionador que culminó con la imposición de una multa de 601 euros contra el dueño del comercio, que tardó varios meses en resolver el problema desde que el Ayuntamiento inició las gestiones.
Existencia prolongada
Según la sentencia, la existencia «prolongada» de los ruidos quedó además probada durante el juicio por las declaraciones de testigos como agentes de la Policía Local, el entonces párroco del pueblo y el alcalde, que llegó a afirmar que cuando los motores del negocio arrancaban se producían vibraciones en la vivienda.
Considera además el juez que el hecho de que el demandado reconociera la «persistencia» de las reclamaciones de los vecinos hasta que insonorizó los motores es «claramente revelador de la existencia y magnitud del problema», como también lo es, agrega, que encargara una prueba a una empresa especializada que confirmó el fin de los ruidos una vez que el demandado adoptó las medidas oportunas.
El juez, que apela a doctrina del Tribunal Supremo y Constitucional sobre la vulneración del derecho a la intimidad y la integridad física y moral por el exceso de ruidos, considera no obstante «exagerada y desproporcionada» la valoración de las secuelas que el ruido ocasionó a los demandantes.
De ahí que fije la indemnización en 30.000 euros -10.000 euros para cada uno de los miembros de la familia- frente a la petición de 112.152 euros que hacían los demandantes, «a todas luces excesiva».
Según los partes médicos aportados en el juicio, el padre de familia sufrió trastorno del sueño y ansiedad como consecuencia de los ruidos, agrega la sentencia, que precisa no obstante que aunque el psicólogo no pone en duda las alteraciones, no le prescribió tratamiento, por lo que considera «desproporcionado» estimar que padeció un año de impedimento para sus ocupaciones.
En cuanto a la mujer, que recibió tratamiento por síntomas de «ansiedad generalizada y tristeza continua», el juez considera «evidente» que existió una afectación psicológica derivada de los ruidos pero cree igualmente que el parte aportado es «desproporcionado» al valorar las secuelas.
Respecto al hijo del matrimonio, que presentaba antecedentes depresivos y también fue tratado por disfunciones del sueño como consecuencia del ruido, el juez considera que el hecho de que su sintomatología no haya mejorado un año después de que cesaran las molestias lleva a pensar que «aunque sin duda hayan tenido una incidencia en su dolencia», éstas no sean la causa determinante.
«Era como tener el motor de un avión en el salón»
Isabel, Francisco y su hijo David relatan el sufrimiento que soportaron durante los dos años en los que en su casa no se podía vivir
MERCEDES NAVARRETE
Nadie se merece sufrir, pero mucho menos las mujeres como Isabel Ruiz. Basta hablar cinco minutos con esta albuñolense de 70 años para descubrir que es una de esas buenas personas, una mujer que cree que no se puede andar por la vida haciendo daño a los demás y una abnegada madre que se ha matado a trabajar para criar a sus nueve hijos.
Veinte años trabajó Isabel en el bar que tenían, codo a codo con su marido Francisco Murcia, que ahora tiene 73 años, para darle oportunidades a sus nueve hijos y ahorrar para poder comprarse, ya en su jubilación, una casita en planta baja, ya que sufre una enfermedad las piernas y vivían en un piso en alto.
Hace cuatro años, en el solar que ocupaba una vieja farmacia en la calle Diego Ortega de Albuñol, Isabel y su marido Francisco, vieron la oportunidad de construir la casita de sus sueños que, sin embargo, pronto se convertiría en su peor pesadilla cuando descubrieron que los motores del supermercado de su vecino, contiguo a su vivienda, hacían temblar toda su casa y provocaban un ruido ensordecedor.
Para volverse loco
«Como para volvernos locos», relataba Isabel, que aún se deshacen en lágrimas cuando rememora el infierno por el que han pasado ella, su marido y su hijo David, de 34 años, el único soltero que les queda en casa.
«Llegué a caer en una depresión y he perdido el oído derecho. Los ruidos eran insoportables, 24 horas al día», cuenta. El abogado de la familia recurrirá la sentencia para reclamar una indemnización mayor, aunque Isabel y su marido Francisco aseguran que no hay dinero en el mundo que pague su sufrimiento. «He llorado ríos», contaba ayer a IDEAL sin poder parar de llorar.
La familia define los ruidos que soportaban como un estrépito insoportable, las 24 horas al día los 365 días del año. «Era como tener el motor de un avión todos los días y a todas horas arrancando en mi salón, temblaba la casa y hasta se nos caían las escayolas del techo», explican. Lo que más le duele a Isabel es que sus vecinos, los dueños del supermercado, no escuchasen sus ruegos y no aceptasen insonorizar los motores hasta que les obligaron por vía judicial.
«Lloraba, iba todos los días, le rogaba, le decía ¿por qué me haces sufrir de esta manera? y ella me contestaba que eso se quedaba así porque así llevaba 20 años y que nos compráramos unos tapones», añade Isabel.
Este periódico intentó ayer contactar sin éxito con los propietarios del supermercado para conocer su versión de los hechos. En el juicio declararon a favor de la familia el alcalde de Albuñol, José Sánchez, que dio fe de que hasta vibraban las paredes del ruido y el famoso cura de Albuñol, Gabriel, que se convirtió en uno de los mejores apoyos de la familia.
«Yo no podía dormir y no soportaba estar en casa así que me pasaba las noches enteras dando vueltas por el pueblo. Gabriel me acompañaba y me daba apoyo psicológico», cuenta David, el hijo del matrimonio, que sufre problemas psicológicos y tenía que salir un día sí y otro también a buscar a la Policía Local para que levantara actas.
El infierno de esta familia se acabó cuando se obligó a sus vecinos a insonorizar los motores tras certificar Medio Ambiente lo que venía diciendo la familia y todo el que pasaba por la casa: que allí no se podía vivir.
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