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Murcia, 03/09/08
EL ANZUELO

Una perversión llamada ruido

SÁNCHEZ DE LA ROSA

Cuando Dios hizo el mundo no dijo, pongamos que al tercer día, hágase el ruido. Y el ruido se hizo. Qué va. Cantaron los pájaros, sopló el viento, se oyó el rumor de las olas.

Adán, que todavía no tenía una guitarra eléctrica, silbó un poco antes de mordisquear la peligrosa manzana -que por cierto estaba aun verde- mientras Eva, que sospechaba el cabreo del dueño del cortijo por haberle cortado el fruto del bien y del mal, decidió salir del paraíso a comprarse ropa en las rebajas, pues ya en el Génesis la mujer no tenía nada que ponerse, sólo hojas de higuera.

El ruido, lo que se dice el ruido, esa perturbación horrible, esa grosería, lo hizo el hombre a través de las civilizaciones, y siempre mejorando su invento. Ya se sabe lo que ha ocurrido, desde el tubo de escape al martillo neumático, pasando por algún tambor intruso y el vecino del quinto que le sube la tele como si en el resto de la comunidad estuvieran sordos perdidos.Y desde luego pasando por zonas características, desde el fondo sur a la plaza del botellón, excepción hecha de lugares a salvo, como el Senado, donde no se oye una voz más alta que otra, o sea, donde no se oye una voz. Por más que sus señorías, que vienen del pueblo a arreglar el mundo, intenten dejarse oir.

Nadie, que se sepa, ha garantizado la inviolabilidad del ambiente, esa cosa literariamente sagrada, con su Ministerio que no saben donde meterlo. Dios hizo el mundo en siete días, pero el ruido no estaba en sus planes. Le dejó al hombre la responsabilidad de las chapuzas, y una de ellas fue ésta que consiste en alterar el silencio. Si se trata de Vivaldi, la cosa funciona, pero si hay que buscar nuevas sensaciones la vida cambia de signo, cambia de sonidos, y ya tenemos el conflicto.

La calle es una sierra metálica, un estrépito, es una fuente de desaires, en cada esquina hay un atentado contra la placidez, perdida hace tiempo, cuando pasó el último carro y el pregonero con su oferta vital, y luego ladró un perro, hubo un portazo, lloró un niño, segó el cielo una carcasa y se acabó lo que se daba. Ya todo ha sido algarabía a prueba de bandos municipales, contra todo sigilo y precaución.

Tenemos una plaza mayor despiadadamente sonora, un estruendo irresistible, y cada cual usa a su antojo instrumentos capaces de superar la condición de decibelio, porque no tienen medida. No han faltado ordenanzas y restricciones, pero el ruido ha demostrado ser insuperable, solo lo arruina un nivel superior, más ruido, más madera como si dijéramos, otro ruido, algo que se nos va de las manos, y que alcanza una dimensión sombría. El aire ya no es libre, como cuando lo disfrutábamos, es rehén de toda clase de efectos inarticulados, enemigo letal de nuestros tímpanos.

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