Pamplona, 24/01/08
Ayuntamiento de campanillasEl sonido de las campanas de las múltiples iglesias que salpican el Casco Viejo resulta entrañable, si vives en otra zona y pisas adoquín esporádicamente: de paseo, de compras, de bares. Como seas un vecino de lo Viejo y además las campanadas te pillen durmiendo o intentándolo, la cosa cambia sustancialmente: juras de manera muy poco entrañable. Sé de lo que hablo. He vivido durante años a menos de 50 metros del campanario de la iglesia de San Nicolás. Los cuartos, las medias, las horas resultan molestos. Los vigorosos e insistentes repiques con los que llaman a misa los domingos por la mañana, criminales. Es como si te pusiesen a Chiquilín en la mesilla de noche, gritándote al oído el más estridente de sus Osasuuuuuuuna!-s. Estoy convencido de que si presentas una denuncia ante el Tribunal de Derechos Humanos de La Haya, la ganas. Ahora, como lo hagas ante el excelentísimo Ayuntamiento de Pamplona, vas dado. Quince vecinos solicitaron en octubre al Consistorio que instara a la iglesia de San Agustín a reducir el volumen del campanario. El Decreto Foral 125/1989 no permite en zonas residenciales actividades cuyo nivel sonoro exterior supere los 55 decibelios. En el portal de uno de los denunciantes midieron 65. La alcaldesa ha dado la campanada tratando a los vecinos como a badajos: ha dictado una resolución que permite que en adelante el sonido de las campanas de las iglesias de nuestra ciudad llegue a 90 decibelios. Es el nivel de ruido de las cataratas del Niágara. Como se descuiden los vecinos, el Ayuntamiento le pone amplificador al campanario de San Agustín. La alcaldesa ha alegado que se trata de una actividad de "tradicional consenso". Peliagudo argumento. Peligroso precedente. Hoy por hoy los bares cuentan con más parroquianos que las iglesias. Podrían pedir igual trato. Peor: quien más fieles y consenso reúne es Osasuna. En estos momentos de crisis, podría solicitar levantar el ánimo de sus seguidores atronando la ciudad cada cuarto de hora con fragmentos de su himno. La contaminación acústica es razón suficiente para prohibir conciertos, cerrar barracas. Sin embargo, cuando el ruido procede de las iglesias, les parece divino.
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