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Granada, 03/08/08

Un botellón diario con alcohol, sexo y drogas en el entorno de Hacienda desquicia a los vecinos

Las escaleras que hay en entre Santa Bárbara y Constitución se convierten cada noche en una larga fiesta que termina con los primeros rayos de luz. El ruido y los disturbios no dejan descansar a los hogares más cercanos que creen que el Ayuntamiento está haciendo oídos sordos a sus quejas
JOSÉ E. CABRERO

Botellón Hacienda Granada
AMANECE. Paqui vive y trabaja en las inmediaciones de Hacienda y sufre los botellones nocturnos; a la derecha, unas zapatillas colgadas marcan territorio. / J. E. C.
Son las doce del mediodía y todavía perdura el hedor. Respirar hondo es arriesgarse a inhalar litros de zotal mezclados con el imborrable olor del orín. Aparentemente, las escaleras de Hacienda -que así es como se conoce a la zona que hay a espaldas de dicho edificio- no guardan restos de la noche.

Obviando las pintadas, no quedan botellas, cartones de vino o charcos desagradables. Un panorama muy alejado de la situación que cada noche viven los vecinos de las calles Acera del Triunfo, Santa Bárbara, Almona de San Juan de Dios y Avenida de la Constitución.

Las víctimas del ruido, la suciedad y los disturbios que cada madrugada traen una treintena de personas que están agotando la paciencia del barrio.

Los vecinos los conocen como 'los criminales de Hacienda' y dicen que son los protagonistas de violentas peleas con armas blancas, atracos, roturas de cristales, venta y consumo de drogas y, por supuesto, de un selvático botellón 'after-hour' que aguanta hasta bien entrada la mañana. A las 7.00, el cuadro que describen, por lo general, es tal que así: océanos de orina junto a las aceras, una docena de personas durmiendo en las escaleras -visiblemente perjudicadas-, heces abandonadas e, incluso, condones usados.

Cada noche, diferente

Aunque cada noche es diferente. El miércoles pasado, por ejemplo, los vecinos se despertaron con una amarga sonrisa. Pese a que la plaza lucía un aspecto mejor de lo habitual, quince litronas se repartían aleatoriamente por las escaleras, las paredes eran el nacimiento de charcos deplorables, a eso de las cuatro de la madrugada se pusieron a cantar y a tocar la guitarra y poco antes de las siete protagonizaron una pelea entre 'bandas'.

Con todo, los vecinos está contentos «porque hoy no ha sido nada comparado con la rutina a la que estamos acostumbrados. Este es su chiringuito, marcan el territorio con las zapatillas colgadas en el cable», comenta herido Alberto Ferrer, que desde su casa señala al cielo.

Paqui sufre las consecuencias por partida doble. Regenta una cafetería situada nada más bajar las escaleras de Hacienda y, encima, vive en uno de los edificios de la plaza. «Son gente fea -le cuesta encontrar las palabras-, con problemas de drogas, alcohol y sanidad». No es raro que lo primero que tenga que hacer al abrir su local sea frotar con lejía la entrada del bar, todavía pegajosa. «Está degenerando. Ten en cuenta que ahora, en verano, es peor.

Queremos dormir, hace calor y abrimos las ventanas. Y no podemos -subraya-. No puedes cuando debajo de tu casa escuchas el sonido de romper botellas contra el suelo a caso hecho Es estremecedor». Desde la ventana de su quiosco, Miguel soporta a diario el resultado de la noche anterior. «Suelen ser jóvenes acomodados que se juntan con mendigos y montan el pollo. Hay de todas las nacionalidades: cubanos, checos, argelinos y, claro, españoles».

Cuenta que la mayoría trae una mochila repleta de todo lo necesario para acampar en la plaza hasta que llega el servicio de limpieza. «Algo vital. Hacen todo lo escolástico: defecan, orinan, vomitan, tienen relaciones íntimas Vaya, que tienen sexo. Son lo que venimos llamando una auténtica chusma».

Culpables

La hora de terminar es absolutamente indefinida. Según explican los afectados, algunos días viene la policía y les echa, «pero ellos salen corriendo y vuelven más tarde». Ya sea de noche o de día, extorsionan a los vecinos, les paran y les piden dinero, asustan a los menores y consumen, compran y venden droga.

Entretanto, las guitarras y los quejíos flamencos bailan contra balcones cerrados. «Gran culpa la tienen dos comercios de la zona, de estos 24 horas, que les venden alcohol y otras cosas durante toda la noche», detalla una familia de Santa Bárbara.

Cuando Luis Miguel llega a casa sólo tiene una reflexión en la cabeza: «Te levantas temprano para ir a trabajar y te encuentras a éstos haciendo su vida social Se te quitan las ganas. Son hippies con perros, ocupas, tribus urbanas y jóvenes con malos vicios, pero claro, ¿cómo vas a pedir a gente anárquica que tenga un horario? ¿Es inútil!»

Junto a él, María resuelve la ecuación: «Alcohol más drogas deja un resultado: gente desquiciada». Ambos están preocupados por su familia y amigos, temen que ahora que viene una época de carestía económica vayan a subir los robos a los que ya se enfrentan.

Sin ayuda

Desde el portal de su casa, Antonio García mira de reojo los restos de la noche. Está enfadado porque necesita ir a por su vehículo: «No se puede entrar en las cocheras. Ríos de orín caen. Por lo visto, en esta plaza no está prohibido el botellón».

Antonio, como el resto de vecinos de la zona, tiene una gran queja por todo este asunto: «El Ayuntamiento no nos hace caso. Ni la policía. Ni la Guardia Civil. Dicen que por la noche no tienen efectivos. Nos cuelgan el teléfono, incluso cuando les decimos que hay una pelea en la calle con sangre de por medio».

La ausencia de ayuda está haciendo que el barrio se plantee denunciar al Ayuntamiento por no atender sus peticiones. «Vienen a limpiar y a echar zotal todos los días. Saben -recalca García- lo que hay aquí, pero no hacen nada».

Esto supone niños en estado de nervios que no pueden dormir, gente que necesita descansar para poder trabajar en condiciones, «pero lo que más duele es que se llame a la policía y digan que no pueden venir y, si vienen, les torean. Una clamorosa pasividad. ¿Tan difícil sería tener una patrulla rondando?», concluye.

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