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Palma de Mallorca, 05/09/07
SA TORRETA

Ruidos y ruidos

JOAN RIERA

El taladro marca el ritmo en la ciudad
El taladro marca el ritmo en la ciudad
Una ciudad de civilización avanzada -como Palma- se distingue porque soporta estoicamente unos ruidos mientras rechaza otros de forma contundente.

Ladra un perro en la terraza del vecino del quinto izquierda y el inquilino del primero derecha se lanza, iracundo, a por el presidente de la comunidad: "Señor Martorell, eso es intolerable, con los ladridos no consigo entender si ha sido la prima o la sobrina de la Pantoja quien ha visitado a Julián Muñoz en la cárcel. Jorge Javier Vázquez lo cuenta en el Tomate, pero no hay quien le entienda".

Cinco minutos después pasa por la calle una motocicleta de 49 centímetros cúbicos, trucada y con escape libre. El ruido supera en decibelios al del despegue del Challenger y, sin embargo, el sensible vecino del primero derecha no sale disparado para llamar a la puerta de la alcaldesa, Aina Calvo, y exigirle que tome medidas drásticas. A lo sumo, una mueca desagradable cruzará su rostro. Al fin y al cabo, el estruendo infernal de un motor es indefectible a una ciudad civilizada.

El palmesano soporta con naturalidad el pitido agudo de la bocina del conductor irritado por una nimiedad del tráfico. El palmesano escucha casi como si fuese música sinfónica el tachún-tachún atronador del loro de un coche tuneado. El palmesano casi baila, de tan acostumbrado que está, con el ritmo que marcan los taladros que perforan la misma calle que ya habían horadado la semana anterior. El palmesano se reencarna en el santo Job -de nada le serviría llamar a la policía- todas las noches del fin de semana en las que su calle se convierte en un inmenso y tumultuoso bar. Son los sones de la civilización. Con ellos conviven los ciudadanos de Palma.

Los mismos pacientes palmesanos frente a los ruidos de la vida moderna, se irritan ante el ladrido de un perro. Si lo que escucharan fuera el rebuzno de un burro o el croar de las ranas de un estanque próximo estallarían de ira. Es casi imposible imaginar qué ocurriría si el canto de un gallo orgulloso les despertara a las seis de la mañana.

Un perro, un burro, una rana, un gallo... sus sonidos pertenecen a la naturaleza, no a la civilización. Y las ciudades, por civilizadas, están cada día más alejadas de la naturaleza.

riera.diariodemallorca@epi.es

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