07/10/07 ¿In vino veritas?CARLOS LUIS RODRÍGUEZLo que está pasando con el botellón refleja muy bien el desconcierto social y político que nos invade. Tanto la sociedad como los poderes públicos están presos del pensamiento débil, la falta de criterio y el miedo a tomar decisiones. Optan por congelar el problema a la espera de que se resuelva solo, o peor aún, con la secreta esperanza de que los afectados claudiquen. Para empezar es sorprendente la facilidad con que se ha aceptado el eufemismo que consiste en llamarle botellón a lo que siempre fue borrachera. La botella que da nombre al fenómeno no contiene agua ni zumo; el líquido que se ingiere es el mismo que bebe el borracho tradicional, y sin embargo el fenómeno goza de una respetabilidad que antes no tenía el alcoholismo. Antes, nadie dudaría al decir que emborracharse es malo. Ahora, muy pocos se atreven a criticar el botellón, y los que lo hacen sólo se fijan en el daño colateral que sufre el vecindario. El debate sobre el fenómeno no alude para nada a la cuestión de fondo, que no es otra que la borrachera colectiva de chavales. ¿Qué pensarán esas asociaciones de ex-alcohólicos anónimos que luchaban en otro tiempo por superar la adicción, al ver que la sociedad se encoje de hombros ante las nuevas bacanales? Además, esta permisividad con el alcohol, es compatible con el puritanismo anti-tabaquero. Se oyen voces que califican el botellón como una manifestación de la cultura juvenil, frente a la que hay que ser tolerantes, o al menos cautos. Suelen ser las mismas que están alerta para detectar cualquier señal de humo que indique la presencia de un fumador subversivo. Late en esta incongruencia un miedo a la masa del que participan los políticos. Si los fumadores fuesen fundamentalmente jóvenes y formaran grupos numerosos, activos y compactos, la Administración sería tan titubeante con ellos como lo es ahora con el botellón. Entrarían en funcionamiento los dos factores que hacen que la reacción oficial sea tibia por lo general. El primero es el temor a enemistarse con los jóvenes, o dicho de otra forma, el pavor a ser considerado carca. La carcancia ya no se basa como antes en sostener determinados principios y rechazar otros, sino en algo mucho más simple: aplaudir o no lo que hacen los jóvenes, o mejor dicho, una parte llamativa de la juventud. Basta entonces con que beban para decretar que el alcohol pasa de vicio deplorable a virtud. Se abdica de cualquier pedagogía. Entre disolver a porrazos el botellón y asumirlo como un acto social más, no se encuentra el punto medio en el que se pueda deplorar que muchos chavales vean en la borrachera un desahogo. Es un tremendo fracaso político y social que los jóvenes caigan en manos del alcohol, pero lo peor de todo es que además no se oiga decir algo elemental: emborracharse es malo, y que lo hagan adolescentes, peor, y que encima no se respete a los vecinos, peor todavía. Pobres vecinos que aún creen que la razón es suficiente. Eso era antes, cuando primaba el político consciente de que su deber era proteger a la mayoría y poner el brazo de la Administración a disposición de los débiles. Ese tipo de gobernante ha dado paso a otro, que procura no soliviantar a los que puedan causarle problemas. El vecino insomne al final se rendirá, mientras que los botelloneros quizá se solivianten. La opción es clara. Eso, unido al eufemismo que hace de la borrachera otra forma de cultura, obliga a pensar señores que hay botellón para rato.
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