León, 10/07/07 TRIBUNAEl ruido por fin hace ruidoLORENZO MARTÍN-RETORTILLO BAQUER¿QUIÉN lo diría? Todo el mundo sabía que España era un país muy ruidoso menos, al parecer, los que tenían que saberlo. Sufrimientos inconmensurables de tantas personas, llamadas, avisos, reclamaciones, denuncias, artículos en la prensa, comentarios en tertulias, y nada oían, sin embargo, las autoridades responsables del ruido: aquéllas a quienes el Estado encomienda defender el sosiego ciudadano y les da los medios para ello. Rectifico, no todas, pues sí hubo esforzados que algo hicieron y consiguieron, sí se elaboraron ordenanzas, sí se declararon zonas saturadas, pero esto fue excepcional y, sobre todo, salvo casos muy contados, no se impidió que el ruido urbano, por tomar una muestra de entre las varias posibles, ese ruido evitable e inútil de nuestras ciudades y pueblos, campara a sus anchas, a cualquier hora del día o de la noche, causando enormes sacrificios y molestias. La democracia no es como el rayo un fenómeno súbito, sino que sólo se adquiere tras muchos empeños con esfuerzos enormes y con tiempo. Y han abundado los regidores municipales con escasa sensibilidad democrática que, incumpliendo la ley, sacrificaban a los pacíficos vecinos en su cotidiano acaecer, prefiriendo los fulgores y el oropel del esplendor económico de una muy consistente industria del ocio, amparándose en la resbaladiza apariencia de no presentarse como represores, de que no les tildaran de poco modernos, acaso simplemente por no complicarse la vida, o acudiendo a planteamientos peregrinos, del orden de «si nos ponemos duros con los locales de aquí, se irán a los del pueblo de al lado». Hay que añadir que junto al clamor de los ciudadanos afectados, desde hace unos veinte años iban siendo insistentes las voces de los juristas manifestándose en la literatura especializada y ofreciendo argumentos de Derecho contra los desmanes del ruido. ¡Pero nadie hay más sordo que el que no quiere oír! Apenas reacción, al menos a simple vista. De pronto, el panorama ha cambiado radicalmente: no es que la contaminación acústica haya desaparecido pero, al menos, ahora el ruido se oye: el ruido hace ruido. Se sabe lo que pasa, y todo el mundo habla de ello preocupado. Es patético en la España actual que, con demasiada frecuencia, no funcionen los resortes normales, los límites y contenciones naturales, la prudencia en el ejercicio de la autoridad, y para que las cosas marchen bien haya que llegar hasta el límite de tener que pedir justicia a los Tribunales. Es, incluso, un síntoma de fracaso de nuestra sociedad el que, en ocasiones, no quede más remedio que llegar hasta la vía penal. Pero no hay mal que cien años dure: el tesón y la constancia de unos cuantos esforzados han propiciado que las cosas comiencen a cambiar. La sociedad española ha estado muy preocupada por la excesiva tolerancia de las autoridades en relación con el ruido. Ha habido que echar mano de remedios de excepción pero, por fortuna, las cosas han comenzado a cambiar. Así, cuando tanto se acostumbra a menospreciar a la Justicia y a los Tribunales, es de ley recordar que en muy buena medida el que haya aumentado la conciencia social sobre el ruido se debe a un amplio puñado de decisiones judiciales que van estrechando el cerco cada vez más. Jurisprudencia de muy variados Tribunales, que se deja sentir especialmente en los últimos años -apoyándose en supuestos pioneros- y con fallos muy cualificados recientemente. El Tribunal Constitucional dijo cosas muy importantes sobre el ruido en su sentencia 119/2001. El mismo asunto, dio lugar a que el Reino de España fuera condenado por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (o Tribunal de Estrasburgo) en una sentencia muy sonada, de 16 de noviembre de 2004, referente a la zona de copas de Valencia, que, con doctrina muy clara y contundente, y apoyándose en su anterior jurisprudencia, de un plumazo daba un solemne varapalo al Ayuntamiento de Valencia, al Reino de España pero, igualmente, a cualquiera de los municipios complacientes (con el ruido) o displicentes (con los vecinos). Y los Jueces españoles están siendo sensibles a esta jurisprudencia europea que les vincula, en un rico fenómeno de ósmosis, de modo que cada resolución importante apoya y provoca nuevas decisiones en un proceso que se va multiplicando. Sin olvidar que lo que proclaman los Jueces, lo saben enseguida los Abogados. De ahí que se vayan prodigando sentencias muy aparatosas, de unos y otros Juzgados y Tribunales, ya sean penales, como en Palencia, Zaragoza, Barcelona, Madrid, Jaén, o la referente al Alcalde de Vila-real (Castellón), por ejemplo, ya sean civiles, del propio Tribunal Supremo, o, entre otras, una bien destacada del Juzgado número 4 de Parla (Madrid), y, por supuesto, de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa, con fallos ejemplares, ya afecten al Ayuntamiento de Boiro, al de Ribamontán al Mar, junto a Santander, o al de Zaragoza, entre otros muchos. Todos convenimos, incluso la Ley del Ruido, la 37 de 2003, en su artículo noveno, en que hay excepciones para las fiestas o para según que acontecimientos, de modo que no hay peligro para la continuidad de la gran traca en Valencia, para los tambores de Calanda o de San Sebastián, o para los redobles de algunas cofradías en Semana Santa. Lo que importa es el día a día, el normal sosiego cotidiano, el respeto cívico del que deriva el gusto de vivir en la ciudad, en suma, la calidad de vida que es una de las aspiraciones que avala la Constitución. A este respecto, sí que están hoy todos sobradamente avisados y no va a tocar más remedio que hacer las cosas bien. Bien sé que falta mucho por hacer, que se precisa apostar muy fuerte por la educación, y que, por desgracia, serán necesarias todavía numerosas condenas judiciales contundentes. Pero es como si se estuviera produciendo un cambio de paradigma: el que hoy el ruido se oiga, es testimonio de un esperanzador despertar de la sociedad civil que clama por sus legítimos derechos, con la exigencia de que los políticos aborden efectivamente de manera decidida los problemas reales y no ese embeleco que a tantos de ellos anima de estar tejiendo y destejiendo reformas temerarias a ver como logran más poder, olvidándose de lo que sucede fuera en la calle.
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