Vizcaya, 03/07/07 La tabarraDE CUANDO EN CUANDO OLMO Volvía yo en el metro desde la campa de Basarrate (es la estación que utilizo para ir al periódico) en dirección a San Ignacio, y en la estación siguiente entró un mozalbete con una piedra en la oreja y un telefonito en la mano. Como el asiento frente a mí estaba vacío se dejó caer indolentemente en él, apoyó el codo en la ventanilla, colocó su culo en el centro de los dos asientos y acto seguido activó su telefonito. Yo no sabía que los telefonitos, además de todas las cosas que saben hacer, incluyen también una tecla musical. El mozalbete la activó y comenzó a sonar una musiquilla de esas modernas en la que el sonido dominante es el de la batería y los platillos. El ruido no era muy fuerte, pero si lo suficientemente audible para dar la lata a los viajeros de su alrededor. Llegó una señora a ocupar el segundo asiento y tuvo que hacer un gesto con la mano al mozalbete para que moviese el culo y lo colocase en el espacio suyo. Se movió un poco, no demasiado (era sin duda excesivo esfuerzo), y de esa forma hizo todo el viaje, inclinado, apoyado en la pared y con el móvil en su mano derecha, metiendo ruido. Yo pensé que con alguna mirada insinuante se daría cuenta que estaba dándonos la tabarra y me puse a mirarle. El mozalbete me devolvió la mirada y continuó disfrutando del sonsonete como si tal cosa. Sin duda pensó que mi mirada no era de reproche, sino más bien de admiración por su postura indolente, su pidrecita en la oreja y la compañía sonora del 'tatachín - tatachín'. Así fueron pasando las estaciones. El dándonos la tabarra y yo mirándole cada vez con gesto mas serio, que en algunos momentos tiraba a maléfico. Si he de ser sincero, me hubiese gustado tener el poder del basilisco, no para aniquilar al mozalbete, pero si al menos para descacharrarle el telefonito. Llegué al fin a San Ignacio y al levantarme le dije al mozalbete con una sonrisa. «Gracias por la turrada que me han dado muchacho. Vaya tabarra», pero el muchacho ni se inmutó; me dirigió una mirada de besugo congelado y allí se quedó dando la lata a sus vecinos de asiento.
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