Murcia, 17/02/07 RuidosLos festejos populares necesitan dos cosas: una reglamentación que los civilice, y una educación de las masas que sepa distinguir el egoísmo propio y el respeto a los demásSantiago DelgadoDesde que las masas se rebelaron, Ortega dixit, han caído en la gilipollez gregaria y colectiva del todo vale, y qué divertido soy yo, que rompo todas las reglas, y molesto al que no las rompe, que para eso está todo dispuesto en esta sociedad. Ruido, suciedad, borrachera, orines, masqueorines y fornicios incluidos, son el resumen de estas fiestas desmadradamente populares. Hablo del Carnaval de Tenerife, pero podría hablar lo mismo del Bando de la Huerta. Lo que nació como desahogo se ha convertido en norma. Y los verdaderos trasgresores, que somos los amantes del silencio, ante la norma vociferante y ruidosa, pasamos por ser los represores de la chusma. Pues chusma es quien se otorga a sí mismo el derecho a pisotear el derecho de los demás. Hay que construir, con los fondos obtenidos de esos mismo festejos, espacios alejados del centro de las ciudades, para que los ruidosos, que al parecer viven reprimidos el resto del calendario, puedan esparcirse con sus prácticas animales: beber, orinar y eso, sin molestar. Eso, si es que el molestar no es parte esencial ya de su actuación. Gritar y aullar sin molestar parece que no mola. En ese caso, lo más lógico parece que sea, puesto que son mayoría, atar a los árboles y farolas a los biempensantes que requieren respeto para su intimidad, y obligarles,a soportar todo el alboroto. En Río de Janeiro, madre y padre de todos los carnavales, han hecho el sambódromo, para que las Escolas da Samba hagan sus desfiles, alejados de quienes pagan sus impuestos para, entre otras cosas, ganarse el derecho a que los ruidos no invadan su intimidad. De todo lo que se lleva leído se habrá deducido que yo soy partidario de los vecinos de Santa Cruz de Tenerife que han conseguido que un juez con dos dedos de frente imponga el sentido común, con la ley en la mano, para que prime el derecho al silencio de quien lo posee. Poco ha durado. Esperable. La demagogia vence. Los festejos populares en la calle deben ser transitorios y con un horario prefijado y mantenido a rajatabla. Lo mismo que en el caso del tabaco se ha impuesto la ley que dice: prima el derecho del no fumador; en los festejos populares debería primar el derecho del ciudadano al silencio, y a que éste sólo sea roto según reglas de transitoriedad e intensidad determinadas, como queda dicho. La culpa de este embrollo, que sucede por toda la geografía española, sanfermines, fallas y otros es la dictatorial cultura libertaria, como verdadero pensamiento único, que hizo analogar a todos la bulla en la calle con la derrota de la represión. El método, la conquista de la calle, quedó como fin. Lo mismo creía el antiguo régimen. Vale.
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