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Ferrol, 03/09/06

Sueños rotos por 18 horas diarias de música metálica

En Mandiá afirman que no duermen por el ruido y que las vibraciones agrietan sus casas. La maquinaria pesada trabaja desde las 06.00 hasta las 24.00 horas sin cesar
Xosé V. Gago

La casa de Marta Sabín, en Mandiá, es la más próxima a las obras. Basta apoyar una mano en la barandilla de piedra para sentir las vibraciones provocadas por las máquinas. UN CORTE POLÉMICO. Los vecinos de Esmelle amenazan con duras protestas si no se reabre al tráfico la carretera hasta A Bailadora, creen que bastaría un simple control del tráfico para evitar accidentes.

Excavadoras, apisonadoras, perforadoras y camiones de gran tonelaje transforman en un esfuerzo continuo los paisajes de Esmelle y Mandiá. Las enormes máquinas casi ocultan la presencia de obreros, que parecen hormigas encaramadas sobre ellas. Su misión es construir el acceso para vehículos al puerto exterior de Ferrol, una tarea para gigantes que ha trastornado la vida de los vecinos.

Las máquinas comienzan su jornada laboral a las seis de la mañana. En el alto de A Bailadora se vuelan enormes masas de roca y tierra a diario. El material se traslada al valle de Cha, en Mandiá, cargado en enormes camiones. Allí se deposita y apisona para construir una pista que se elevará en algunos puntos hasta ocho metros sobre el nivel del suelo. Así todos los días hasta las doce de la noche, excepto los sábados (cuando el trabajo se interrumpe a la hora de comer) y los domingos.

El suelo tiembla al paso de las máquinas, tanto que en algunas casas han salido grietas y en otras se han agrandado las que existían. El ruido es el otro problema. Las voladuras, los chirridos y golpes mecánicos, las alarmas de volcado de material y marcha atrás de las máquinas, la caída de rocas... Todo eso está volviendo locos a unos vecinos acostumbrados a la tranquilidad de parroquias en las que el ruido más fuerte era el de alguna camioneta solitaria.

«El sofá se mueve»

La casa de Marta Sabín es la más próxima a las obras. Basta apoyar la mano en la pared para sentir la vibración del paso de la maquinaria. «Se nota mucho -explica-, estoy sentada en el sofá y siento como se mueve». Tanto temblor ha terminado por causar la aparición de grietas en algunos tabiques de la casa. Aún son finas y apenas cabe una uña en ellas, «pero se van abriendo». Sin embargo, «lo peor es el ruido, que no nos deja ni abrir las ventanas», a lo que también contribuye la polvareda de las obras.

El caso de Marta es uno entre muchos, y los vecinos han empezado a organizarse. El lunes la asociación de residentes se reunirá con los ingenieros, podrían iniciar movilizaciones si no salen satisfechos de la reunión.

Se han unido a los de Esmelle, que comenzaron a protestar hace semanas por el corte de la vía que une A Bailadora con la parroquia. Creen que el cierre es innecesario, y que un simple control de tráfico sería suficiente. La clausura de la vía, de 800 metros, les obliga a conducir más de tres kilómetros extras por carreteras de calidad ínfima.

Muchos vecinos defienden que se hagan las obras, pero esperan que se les compense por las molestias de alguna forma. La mayoría teme que la situación se complique con el comienzo del curso escolar. «No sé cómo va a aguantar el niño si sólo va a dormir de doce a seis de la mañana», explica Marta. Y las obras van para largo, según dicen los residentes, los ingenieros calculan que tardarán al menos nueve meses en terminar.

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