Huelva, 14/03/06 ¿'Botellón'? Yo más...La juventud es alegre por definición y amiga de juergas y diversiones; quiere sacarle el jugo a la vida rápidamente, pronto, con urgencia, como si se fuese a terminar todo sin tener tiempo para disfrutarlo. También es atrevida y hasta temeraria y necesita probar cosas nuevas y enfrentarse a desafíos probando su fuerza y su valor contra obstáculos duros y difíciles. Otra importante característica de la gente joven es el gusto por estar en unión con sus iguales, viviendo emociones comunes y compartiendo acciones... arriesgadas y hasta violentas. Diversión, desafío, grupo, son tres fuertes tendencias de la juventud, tanto chicas como chicos, que explican en parte ese asombroso fenómeno del botellón. Mira por dónde, en la tierra de una cultura del vino sabia y antigua donde, salvo las excepciones inevitables, el equilibrio y la moderación habían sido ejemplares, la generación joven parece demostrar que no ha entendido nada, que no participa de esa cultura ancestral ni ha sido capaz de recibir los impulsos socializadores adecuados... ¿o es que es el mundo adulto el que no ha sabido ofrecer algo valioso que le interesase? ¿se puede encontrar algún remedio a tanta suciedad, tan desagradables molestias para el vecindario? ¿se pueden atajar daños tan irreparables para una juventud que no se da cuenta de que se arriesga a arruinar su salud física y mental? Se ha dicho hasta la saciedad que son los propios protagonistas de la fiesta quienes la ponen en marcha a base de mensajes de los teléfonos móviles. Sin embargo, especialistas muy cualificados ponen en duda esta hipótesis porque no les parece técnicamente posible, teniendo en cuenta el tiempo y el número de personas que asisten, lo cual quiere decir que fueron convocadas. ¿Pero sólo con llamadas de tipo individual? Y así va naciendo la sospecha de que hay alguna instancia con intereses más fuertes y con capacidades más poderosas que las de tener un móvil y un grupo de amistades a quienes convocar. El caso es que la llamada prende en las tres motivaciones que dijimos al principio y, por supuesto, también en la falta de otras llamadas más atractivas. No se puede demostrar, pero queremos dejar abierto el interrogante: ¿quién es realmente quien convoca con tanta eficacia? Centrémonos ahora en nuestra juventud botellonadicta. Tanto las familias como las autoridades como la generalidad de la ciudadanía que los padece y les teme, o las propias instituciones educativas que se sienten responsables, deseamos solucionar el problema, porque realmente lo es. Lo que sucede es que no sabemos cómo hacerlo, ya que a esas edades resulta difícil cuando no imposible un ejercicio de autoridad: "no sales a esas horas o a esos sitios", "no pueden ustedes reunirse en ese número desaforado en la vía pública", "no tienen permiso para ensuciar y hacer tanto ruido en la vecindad de hogares cuyos habitantes quieren dormir". Y tampoco se puede generar de forma súbita un sentido de la responsabilidad y el autocontrol en personas que no han sido educadas en valores ciudadanos y entrenadas en el ejercicio de esa auténtica convivencia social que se acompaña del respeto y la tolerancia. Y ahí nos duele. Esta impotencia puede ser la mejor demostración de que la educación es tarea de años y generaciones y debe empezar desde la cuna y no cuando aparecen las dificultades. Sin embargo estas barreras, y muchas más que puedan aparecer, no quieren decir que hayamos de claudicar ni abandonarnos al desánimo. Un aforismo pedagógico afirma que para educar a un solo chico hace falta la tribu entera. Bien, pues que la tribu entera se implique. Habrá que buscar soluciones creativas, dejar de echarse culpas mutuamente y demostrar que cuando hay un objetivo común que a toda la sociedad importa, toda la sociedad es capaz de ponerse a la tarea para alcanzarlo. Las familias deben relacionarse positivamente con los centros docentes y colaborar con el profesorado en vez de atacarle. Y ambos, el hogar y la escuela, han de enseñarle a sus educandos a mantener, desde la infancia, un equilibrio ponderado entre el afrontamiento responsable de las consecuencias de sus actos y la libertad que hay que aprender a usar hasta poseerla plenamente en la adultez. A su vez las instituciones públicas deben respaldar con gran firmeza a las familias y los docentes porque no se les puede dejar solos en una tarea tan ardua como la de preparar a las futuras generaciones. Esas serias líneas de unión serán el mejor mensaje para unos amplios sectores de la juventud que están muy desorientados y necesitan algo consistente donde mirar. Los buenos ejemplos a la larga tienen eficacia. Y, hablando de buenos ejemplos, o de ejemplos a secas habría que destacar a ese otro gran colectivo juvenil, igualmente chicas y chicos, que saben divertirse, afrontar desafíos y vivir el calor grupal sin necesidad de botellones que les destrocen el hígado y las neuronas. Hacen deporte de todo tipo, incluso de alto riesgo y exigencia, viajan por todo el mundo durante sus vacaciones, se implican en duros trabajos en ONG o en restauración de monumentos o en hacer reír a la triste infancia de los hospitales (mientras acaso lloran por dentro) y también estudian y se preparan profesionalmente, a veces haciéndolo de forma paralela al trabajo... No vale decir que gran parte de esas actividades son muy caras. Cada vez más deportes son ampliamente subvencionados, en los viajes hay precios increíblemente baratos para sus edades, ayudar a los demás sólo exige grandes inversiones de solidaridad y alegre entrega.
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