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Vilagarcía, 09/01/06

Vilagarcianos afectados por el botellón confiesan tener "miedo" a represalias

La alarma social sigue extendiéndose a causa de los destrozos cometidos por los gamberros cada fin de semana
Manuel Méndez

La crispación social va en aumento, la indignación es evidente y los destrozos siguen repitiéndose cada fin de semana. Los efectos de la movida nocturna y del botellón se están haciendo notar irremediablemente en negocios y viviendas del centro urbano vilagarciano. Esto no sólo se traduce en daños materiales, sino que merma la calidad de vida de las personas. Vecinos consultados ayer aseguran: "Cada día que pasa tenemos más miedo". Los que ya han sido víctimas y padecieron importantes pérdidas en sus establecimientos comerciales o daños en sus domicilios no se atreven a denunciarlo ni a dar sus nombres por temor a represalias.

Todos los consultados coinciden en precisar que se necesita más presencia policial y mayor contundencia. La diferencia estriba en que unos creen que las fuerzas del orden están haciendo "poco o nada" para atajar la situación y otros opinan que "bastante hacen" y preguntan: "¿Qué pueden conseguir dos agentes en medio de cincuenta jóvenes envalentonados por el alcohol y en plena movida?".

Lo cierto es que "si les llamas la atención o tratas de recriminarlos se vuelven todos contra ti y no te queda más remedio que refugiarte en casa o marcharte... y lo peor es que no puedes evitar que te pinten la fachada, que rompan vasos delante de la puerta o que orinen en el portal o las escaleras del edificio", relata una mujer.

En un céntrico bar vilagarciano cuatro hombres de avanzada edad y la dueña del establecimiento hablaban de todo esto. Eran las nueve de la mañana y las máquinas barredoras pasaban de un lado a otro. "Tenían que venir los antidisturbios y poner orden", aconsejaba uno de los ancianos. "Si no se puede hacer nada a los gamberros porque son menores de edad, habrá que castigar a los padres para que aprendan a educarlos", replicaba el contertulio.

Cerca de allí una mujer con negocio propio en O Castro aclaraba que entre las pandillas que causan los daños "hay niños y niñas de doce y trece años que se pasan la noche agarrados a vasos y botellas de alcohol.... salen hasta las dos, cuatro o seis de la madrugada porque sus padres se lo consienten, y eso no parece normal; estamos criando gamberros en potencia y no nos damos cuenta de que no puede ser bueno para nadie, ni siquiera para la educación y el futuro de los propios adolescentes".

Futuro pesimista ante los destrozos, ruidos y amenazas

Ayer a las ocho de la mañana, como cada mañana de domingo, el centro de Vilagarcía aún semejaba un campo de batalla. Los servicios de limpieza se afanaban en mejorar la imagen de la ciudad, pero los efectos del botellón se hacían notar en cada rincón, desde A Baldosa hasta el río de O Con, pasando por las "galerías de Zara", O Castro y el entorno de la Praza de Abastos.

Botellas de vidrio tiradas -rotas y enteras-, vasos, restos de comida, vómitos y gran cantidad de plásticos cubrían el suelo o se esparcían sobre el agua del río, los bancos públicos o las entradas de edificios. Varios de esos inmuebles parecen abandonados, pero no lo están. En sus fachadas hay tal cantidad de pintadas que el aspecto que ofrecen esas edificaciones parece más propio de un suburbio que de una calle del centro urbano de una ciudad como Vilagarcía.

"Hay que hacer algo, y rápido, porque esto va a más y empeora cada semana... si las cosas siguen así no sabemos a dónde van a ir a parar", explicaba uno de los vilagarcianos consultados ayer.

A mediodía era posible hablar con otro residente en la zona y sus explicaciones no dejaban lugar a dudas: "Con el botellón se junta tanta gente y hay tanto ruido que es imposible dormir por las noches... llamas a la policía y viene, pero no pueden hacer nada porque los jóvenes están en la calle... a veces insultan y amenazan a los agentes porque al ser tantos se crecen".

"Como no metan mano a tiempo, dentro de poco o podrá pasar por la calle ni siquiera el coche de la policía porque lo apedrearán como están apedreando escaparates, le darán patadas como se las dan a las puertas de los edificios o les lanzarán botellas, como las tiran contra las fachadas y el suelo". El malestar es evidente, y el miedo, también.

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