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Granada, 20/09/05

Del bachillerato al 'botellón'

Milena Rodríguez Gutiérrez
SEGÚN el informe anual de la OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, dado a conocer recientemente, España se sitúa a la cabeza en el índice de fracaso en el bachillerato. Dice este informe que el 33 por ciento de los alumnos españoles abandona los estudios tras la ESO (¿alguien cree que estimula el deseo de estudiar una enseñanza con nombre tan despectivo?) o no supera el bachillerato.

En un país donde el bachillerato se convirtió en una especie de mini estudio adosado a la gigantesca ESO, no sé a quién pueden extrañar semejantes cifras. Y es que, en España, el bachillerato es el no-lugar, la tierra de nadie. De ser la antesala de la Universidad, el bachillerato se transformó en una especie de pequeño patiecito a la salida del edificio de la ESO. Luego de 4 años en ese cómodo, blando, permisivo edificio, los estudiantes (algunos, claro está) pasan a ese patiecito en el que, durante dos años y sin que ellos mismos se expliquen muy bien por qué, el mismo profesor que antes los pasaba de curso sin saber apenas, les exige ahora conocimientos. Difuminado en los flamantes Institutos de Enseñanza Secundaria, el bachillerato (ya no se escribe con mayúsculas) es una especie de enseñanza clandestina en la que unos esquizofrénicos profesores (cuidadores de guardería a las 8 y catedráticos a las 10) intentan, por fin, hacer algo para que unos desorientados jóvenes no lleguen tan ignorantes al Palacio Universitario.

Entretanto estas cosas suceden en el país, otras noticias recorren nuestra ciudad. Aquí el Ayuntamiento se esmera por poner en funcionamiento los botellódromos, lugares para la diversión botellonística de los jóvenes. El primer botellódromo de la ciudad, situado detrás del Hipercor, estará listo pronto y contará con 14 aseos químicos, papeleras, dispositivos de la Policía Local, una plataforma para celebrar actos y hasta una ambulancia de guardia. Imagino que se dotará además de mantas y estufas en el invierno y de algunos ventiladores de pila y abanicos en el verano.

No sé, en verdad, si en un país cuya capital se autotitula con orgullo 'Ciudad del Ocio' tiene alguien demasiado interés por esas cosas antiguas llamadas estudio, conocimiento, saber. Pero, considerando las cifras de la OCDE, quizás nuestro Ayuntamiento debería pensar en un botellódromo más pedagógico. Se me ocurre, por ejemplo, que los ¡concejales de Educación y Juventud podrían colocarse a la entrada del ódromo y exigir a los jóvenes mostrar su cartilla de notas como requisito para entrar. Según las calificaciones de cada uno, los concejales establecerían el tiempo de permanencia en el recinto. Con esta medida, tal vez no fuera necesaria ninguna otra para regular la afluencia al problemático botellón. Seguro que, de paso, se mejoraría el rendimiento académico estudiantil. Y en la OCDE empezarían a tener mejor opinión de este país.

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