Gijón, 18/09/05 El Ayuntamiento sí que mete ruidoJAVIER MORÁNSe ha puesto el Ayuntamiento a darle un hervor más a la ordenanza del ruido, a ver si pone de acuerdo a hosteleros y vecinos. Loable intento, aunque resulta que quien guía la tarea es el mayor generador de contaminación acústica de la ciudad. Por acción o por omisión, el Ayuntamiento nos tortura día tras noche y viceversa, y conviene recordárselo a la edil medioambiental, Dulce Gallego, por si puede estirarse un poco más en su lucha contra los decibelios.Hagamos un breve repaso de los casos, en un tiempo en el que la sensibilidad hacia el ruido es creciente y en el que no pocos gijoneses se expresan en tal sentido, especialmente tras un verano calentito que obligó a tener las ventanas más abiertas de lo habitual. ¿Qué sonido rompe constantemente el silencio de la noche, allí donde lo haya? Sin duda alguna: el de los camiones de recogida de basuras, que cada vez son más, dada la especializada recolección de residuos urbanos -vidrio, papel, etcétera-, y dado que los residuos urbanos no paran de crecer. Hace unos quince años algunos barrios de Madrid comunicaron a su Ayuntamiento que el ruido de sus camiones de basura empezaba a ser insoportable. Desde el vehículo básico hasta el que realizaba el lavado de contenedores, su paso atronaba a los madrileños. Curiosamente -me tocó vivirlo en directo- el Consistorio de la Villa y Corte tomó nota y en el plazo de unos meses los decibelios basureros comenzaron a descender cuando el Ayuntamiento inició un programa de sustitución de los vehículos más ruidosos. ¿Será ello posible en Gijón? Dejamos de lado por ahora los pequeños vehículos que limpian las calles al amanecer, pero nos preguntamos por el hecho de que siendo tan reducidos puedan meter tanta bulla. Pero si la noche es el territorio de Emulsa, el día lo es de EMTUSA. Uno se asusta un poco de que la mayoría de autocares de las líneas de transporte interurbano sean cada vez más silenciosos. A poco que uno se despiste cruzando por donde no debe tiene un moderno ALSA encima. ¿Cómo es posible que los fabricantes de dichos autocares, o de automóviles en general, produzcan vehículos tan silenciosos y el apartado de los autobuses urbanos se mantenga montado en el decibelio? Tal vez sea cosa de que EMTUSA no renueva su flota con la velocidad deseable, aunque ya se sabe que la empresa municipal de transporte está a la vanguardia de las tecnologías cosméticas, caso de los paneles que anuncian el tiempo que queda para que arribe el autobús. Y de la acción municipal en pro de la contaminación acústica pasamos a las omisiones. No debe de ser sencillo pillar a todos esos desgraciados que andan con sus motocicletas a escape libre. La briosa concejala de Seguridad Ciudadana, Begoña Huergo, anunció hace un tiempo un plan de persecución de dichos zoquetes, pero lo cierto es que saltan por cualquier parte y probablemente haría falta el doble de agentes de tráfico para su extinción. Comprendemos la dificultad de la caza, pero dejamos constancia del tormento. Hay otro espécimen sobre cuatro ruedas acerca del cual no debe de haber nada legislado, pero que molesta una barbaridad. Nos referimos a ese hortera feliz que va por la ciudad con las ventanillas bajadas y con su equipo musical -potenciado por altavoces de profundos bajos- a toda mecha. Como los que así se exhiben no suelen escuchar a Mozart, sino el rap más atronante, también dejamos aquí nota de su existencia, a ver si se puede hacer algo. Con el tercer caso de omisiones municipales, o de tareas imposibles, volvemos a la concejala Gallego y a su entrañable campaña contra la explosión de gaviotas. Ya hemos oído de todo acerca de combatirlas: ultrasonidos, retirada de nidos y huevos, piensos adormecedores, etcétera. Pero ahí siguen, y por las noches montan unos recitales concurridísimos. Y, por último, la guinda: el retorno de la muchachada, de madrugada, tras la noche de movida. El salvaje retorno, queremos decir, con aullidos inenarrables, con broncas de última hora a causa de esa piba o de ese tronco que les puso, con vasos al aire, vidrios rotos, o patadas a contenedores y persianas metálicas. Como partimos de la constatación de que el Ayuntamiento ha perdido la noche y se dedica a limpiar disciplinadamente las aceras a la mañana siguiente, este último caso parece también irremediable. Pero todo lo aquí recogido prueba que el Ayuntamiento mete demasiado ruido, por mucha ordenanza en la que se empeñe.
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