Sevilla, 09/09/05 Cirróticos e insomnesOPINIÓN - José AguilarHa tardado un buen rato, pero al final la consejera de Gobernación de la Junta, Evangelina Naranjo, ha despejado la duda metafísica que la corroía sobre el botellón (botellona, para los sevillanos). Ni la permisividad que desembocaba en la inhibición de todos estos años ni la ley seca que lo prohíbe por decreto: se aprobará una ley que pertrecha a los Ayuntamientos de capacidad jurídica para regular el consumo de alcohol en la calle, terrazas y fiestas locales aparte.Se acabará de este modo –Dios y tramitación parlamentaria mediante– la queja de los alcaldes, que en unos casos es sincera y en otros es la coartada de la inacción, en el sentido de que no pueden hacer nada para frenar la transformación progresiva de lugares públicos de capitales y pueblos en fábricas de cirróticos (los muchachos bebedores) e insomnes (los vecinos damnificados), en el más fenomenal obstáculo colectivo a la convivencia social que hemos construido en los últimos tiempos. Se van a acabar las excusas, y quizás la reproducción impensada de tópicos sobre el botellón, como el que opone un supuesto derecho a la diversión ruidosa y alcohólica que ningún constitucionalista del mundo ha teorizado jamás a los derechos de las personas a la seguridad y la intimidad, que sí figuran en cualquier Constitución que se precie, o como el que da por supuesto que los gobiernos municipales verían deteriorarse su imagen y sufrirían merma de sus expectativas electorales si se atreviesen a poner coto a los efectos indeseables de la movida juvenil. Con el nivel que se ha alcanzado, yo más bien creo que lo impopular es seguir cruzados de brazos. Los únicos gobernantes que merecen la pena son, en todo caso, los que se atreven a decir que no frente a la conjura de los necios, los oportunistas y los nadadores a favor de la moda. Con la ley medio seca prometida por Naranjo, cada Ayuntamiento podrá establecer en sus ordenanzas, si lo desea, qué zonas y en qué condiciones serán autorizadas para albergar el botelloneo, en un contexto en el que se prohibirá a las tiendas de conveniencia –conveniencia, sobre todo, de sus propietarios– entregar bebidas alcohólicas después de las diez de la noche, aunque se hayan encargado antes, que es el truco que ahora se utiliza, y tampoco se permitirán dos de las señas de identidad del botellón, que la jerga burocrático-jurídica define como "abandonar en la vía pública los envases de bebidas y demás recipientes utilizados en actividades de ocio" y "realizar las necesidades fisiológicas en la vía pública". Vamos, ni tirar las botellas y bolsas ni orinar en los portales. Que haya que prohibir por ley estas guarrerías españolas, como diría Chiquito de la Calzada, explica mucho sobre nuestro nivel de civismo. No creo que el botellón se acabe con esto (acabará más bien por causas naturales y a su debido tiempo), pero la vida será algo más amable para muchos.
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