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Valencia, 06/11/05

Trabajo ATRONADOR

harto del estruendo
José Miguel Ros se tapa los oídos con las manos harto del estruendo.

La tiranía del ruido invade oficinas, autobuses y empresas

Riiiing, riiiing. ¿Nadie puede coger el teléfono? Taaac, taaac. ¡El motor de la máquina es incesante! Piiiiiiit, piiiiiiiit. Oír el claxon durante ocho horas seguidas es insostenible. Javier Valdelvira, Carlos Navarro, José Miguel Ros y Jaime Collado sufren la tiranía del ruido en sus trabajos.

P. TEJERA

Una minúscula habitación de poco mas de 30 metros cuadrados, 37 compañeros de trabajo y ocho atronadoras máquinas bobinadoras de transformadores es el lugar de trabajo de José Miguel Ros Serrano, empleado de una empresa metalúrgica, quien no soportaba “el ruido ensordecedor de los motores de los aparatos”. Él junto con otros compañeros solicitaron por escrito a su jefe que redujera el estruendo laboral. No respondió. La demanda llegó a los juzgados.

Cinco años después, en una revisión ordinaria de la mutua a la empresa, tanto José como sus colegas descubrieron que habían perdido audición. José Miguel no se sorprendió porque se había percatado de que su capacidad auditiva no era la de antes, pero no sabía que había perdido un 20% de audición del oído izquierdo y 25% del derecho. Con los partes médicos y la demanda judicial, este trabajador valenciano ganó la sentencia. La empresa de metalurgia no sólo pagó indemnizaciones, sino que construyó habitáculos independientes para cada una de las ocho máquinas.

Como cualquier motor, los vehículos tampoco son silenciosos. Jaime Collado, un transportista que tiene quince años de experiencia en la conducción de autobuses de línea, soporta el estridente ruido del tráfico. Piiiiiiiiiit, piiiiiiiit, piiiiiiit. Insoportable.

Pérdida

Jaime, como José Miguel, ha perdido audición. Sufre estrés, pero no sólo por el ruido: “Los conductores estamos ocho horas sin parar. La mayoría tiene problemas en las cervicales, pero lo peor es el estrés por la cantidad de faena que se debe hacer: contestar a la señora que pregunta dónde está un museo, atender a los pasajeros que no pican su bono bus... todo aderezado por el ruido del tráfico, las conversaciones de los ciudadanos y el sonido de las emisoras de radio y las televisiones que ofrecen no sólo publicidad sino que informan de las paradas. !Es para volverse loco!”, exclama.

80 decibelios

En el Real Decreto 1316/1989 sobre la protección de los trabajadores frente a los riesgos derivados de la exposición del ruido, se expone que el nivel de presión acústica no supere los 80 decibelios (db) que equivaldría al estruendo habitual de una calle. Javier Valdelvira, administrativo y delegado de salud laboral de CGT, dice que en la avenida del Cid suele haber unos 80 db en momentos en los que circula muchos vehículos. El pico, que es la máxima exposición de ruido, no podría superar los 140 db ya que causaría en el oído lesiones irreversibles.

“El trabajador es siempre la parte más débil pero, poco a poco, conseguimos que se respeten nuestros derechos aunque todavía queda mucho camino”, subraya. Valdevira cree que aún no hay cultura empresarial para el bienestar de los trabajadores.

En su oficina, Javier pasa muchas horas al día. Cuando acaba su jornada laboral queda aturdido: “Salgo del trabajo y me zumban los oídos, incluso, me duele la cabeza. El teléfono, el fax, la fotocopiadora que la tengo detrás de mí y los aporreos en los teclados... todo a la vez es un ruido molestísimo”.

Más de un empleado no querría jubilarse en su lugar de trabajo. Este es el caso de Carlos Navarro, que a sus 24 años lleva cinco trabajando en la construcción. “El trabajo que hago me lleva loco por el ruido de los martillos hidráulicos. Preferiría poner ladrillos porque es mucho más tranquilo y, al menos, no me quedaría sordo. Eso sí, con las orejeras se soporta mejor el estruendo, pero oír el compresor ocho horas al día es muy incómodo”, explica con un tono elevado Navarro, que charla con LAS PROVINCIAS en la calle, es decir, su lugar de trabajo.

Pitido

Las empresas no tienen una tarea fácil a la hora de garantizar las condiciones óptimas a sus trabajadores. Así, la empresa de autobuses metropolitanos ha instalado en algunas paradas un aparato que avisa a las personas con discapacidad auditiva de la llegada de los autobuses.

Con este mecanismo cumple con las personas sordas, pero el pitido de la máquina es “desagradabilísimo. Los conductores tenemos que aguantar ese sonido constantemente”, comenta el conductor, quien apunta que ni él ni sus compañeros pueden perder audición “porque podría ocasionar más accidentes de tráfico al no oír los claxones de otros vehículos”, según Collado.

Valdelvira cree que hoy en día sería fácil trabajar con menos ruido si la gente se concienciara de ser silenciosa, es decir, si tratara de cumplir en su puesto laboral en silencio. “Bajando los volúmenes de los móviles y construyendo edificios inteligentes capaces de absorber los ruidos se podría trabajar sin estruendo”, sostiene. Si la tiranía del ruido se tomara en serio, como los malos humos del tabaco, muchos trabajadores no deberían decir eso de: Shhhhh. Silencio, por favor.

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