Granada, 05/05/05 OPINIÓN Divino tesoroMarga BlancoEL martes, cuando la gente se levantó pudo comprobar que como cada mañana le costaba abrir los ojos, pero, esta vez, los que se quedaban pegados eran los zapatos en los adoquines. A mediodía, las extranjeras que caminaban por el centro se abanicaban a la altura de la nariz, ya que el olor a orines era insoportable. Por un momento una podía imaginarse que los blancos vilanos bajando y subiendo del suelo a los tejados eran moscas atraídas por el hedor de las aceras.Nunca como en esta ocasión ha sido tan apropiado el dicho que reza 'que cada uno aguante su cruz': este año la cruz de las Cruces ha sido el botellón; adelantándose al domingo, los alrededores de la Plaza de Toros reunieron a más de diez mil jóvenes, el lunes abarrotaban la zona centro cerca de cien mil y el martes acabó con otra aglomeración juvenil que a partir de media tarde dejó de nuevo la ciudad hecha un basurero. La Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía quiere abordar el problema del botellón desde la perspectiva medioambiental y, en concreto, desde la triple contaminación que genera: la sólida, la acústica y la visual. Siendo un punto de vista necesario y acertado, olvida a un gran número de damnificados: los vecinos, que tienen que soportar la 'movida' de fin de semana –voces de madrugada, ruedas de contenedores, suciedad en portales– a los que se les vulneran derechos tan básicos como el del descanso. Tampoco se habla de que los servicios de limpieza y reposición del mobiliario urbano destrozado tengamos que pagarlos entre todos. Determinados discursos que se usan para afrontar el problema me inducen a pensar que existe cierto miedo a censurar a los jóvenes o hacer referencia a sus responsabilidades. En esta sociedad parece que palabras como civismo o respeto hayan quedado lejanas en el tiempo, ajenas a la juventud; sin embargo, el escudo de lo ecológico que alude a valores medioambientales, resulta más admisible para la gente joven. Por cierto, en la madrugada de ayer, varios integrantes del multitudinario botellón dieron muestras de haber entendido las campañas de reciclado justo al revés, vaciando en el suelo un contenedor de bolsas de plástico y estrellando las botellas contra la pared –algo que no comprendo aunque estuvieran completamente borrachos–; por no hablar del destrozo de árboles o de los desperfectos ocasionados al mobiliario urbano. Precisamente porque le doy un especial valor a lo público entiendo que las calles deben respetarse, de manera que las personas puedan transitarlas sin tener que esquivar basuras o cascos rotos, sin necesidad de navegar entre riadas de meados o cerveza. Ciertas maneras de comportarse no son gratuitas y merecen estudios pormenorizados y alternativas de ocio a la forma de pasárselo bien que tiene un gran número de jóvenes. Pero también hace falta dar una solución a lo que es muy posible que ocurra el próximo fin de semana.
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