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San Sebastián, 11/06/05
CONFLICTO VECINAL

Las molestias que genera una discoteca movilizan a los vecinos de Arroa

Denuncian el ruido, la suciedad y las situaciones de violencia que se viven cada sábado noche. Reclaman más presencia de la Ertzaintza y que el Ayuntamiento ponga más medios en la limpieza

JUAN MANUEL VELASCO

Vecinos de Arroa
Algunos vecinos del barrio conversan frente a la discoteca, el pasado viernes por la tarde. [MICHELENA]
Ocurre cuando la juerga de unos molesta a los que duermen. Que si el botellón a pie de calle, que si el volumen del Cd de un coche con más decibelios que un concierto heavy, que si una pelea pandillera de madrugada... Esta vez, con los vecinos han topado. Los habitantes del barrio de Arroa-Behea de Zestoa no soportan más los ruidos e incidentes «causados por los clientes de la discoteca JazzBerri» y han salido a la calle para pedir el cierre del local. Movilizaciones con pancarta incluida, asambleas, reuniones a tres y cinco bandas... Están dispuestos a todo para dormir en paz. Incluso, se han llegado a plantear «cerrar las calles del barrio con pivotes y vigilar», los sábados por la noche, para que nadie entre en ellas.

«Viene cada vez más gente desde Francia, Logroño, Santander, Bilbao... Nos invaden el pueblo de coches. La mayoría se va a la discoteca, pero unos pocos se quedan junto a los vehículos y se montan la fiesta: ponen música de bacalao, consumen alcohol y drogas...», asegura Joseba Osa, portavoz y secretario de la plataforma vecinal de Arroa-Behea, donde viven 400 zestoarras.

La sala de fiestas, que da trabajo a 48 personas, funciona en Arroa-Behea desde hace más de 20 años. «En su día, era una discoteca con usuarios de la zona y aceptación popular pero, de diez años para aquí, la clientela ha cambiado. Entró en la llamada Ruta del Bacalao», afirma Gorka Unanue (PNV-EA), alcalde de Zestoa.

El «verdadero follón» comienza los sábados de once de la noche a cinco de la madrugada. Poco a poco, la N-634 que recorre el barrio se llena de coches a ambos lados de la carretera. «Hay gente que orina y defeca en cualquier sitio: paredes de las casas, portales... No respetan ni el pórtico de la iglesia», afirma Osa. Una vecina que vive en una casa cercana a la discoteca muchas veces ha tenido que «echar mano de la manguera» y limpiar la calle los domingos por la mañana. «Es una pena. Al día siguiente vienen mis cinco nietos a jugar al barrio y no tienen dónde. No pueden bajar al frontón porque está lleno de vómitos, cacas y orines», asegura.

«Me tiraron piedras»

La suciedad es sólo uno de los problemas. «Hasta que puse puertas de hierro -añade la vecina-, la gente se metía en mi terraza a drogarse. Una vez me tiraron piedras por intentar echarles. Desde entonces, por las noches cierro las persianas». El de esta zestoarra no es el único incidente. «Hace dos semanas, a una vecina le rajaron las ruedas del coche y, a otra, por quejarse desde el balcón, le amenazaron y le hicieron una pintada en el portal. Además, a veces hay peleas entre clientes, incluso con navajas. Hay gente que tiene miedo. Si no te metes con ellos, no pasa nada, pero como les digas alguna cosa...», recalca el portavoz, padre de tres hijos.

El ruido es lo que quita el sueño. «Molesta tanto el que sale de la discoteca, como el de la gente que está fuera. Frenazos, trompos, acelerones y música de los coches. La ponen alta hasta que algún vigilante de la discoteca les llama la atención», afirma Joseba Osa. El portavoz cuenta que algunos vecinos ya se han acostumbrado al ruido. Otros han instalado doble cristal en casa, usan tapones para dormir o incluso se van el fin de semana fuera.

«Colaboración ejemplar»

A pesar del caos, lo cierto es que hubo un tiempo en que vecinos, Ayuntamiento y discoteca iban de la mano. «Aunque ahora las relaciones están rotas, los últimos cuatro años empezamos un proceso de colaboración ejemplar a cinco bandas: Ayuntamiento, vecinos, Dirección de Juegos y Espectáculos del Gobierno Vasco y Ertzaintza», afirma Osa.

Fruto de dicha relación, la discoteca se hizo cargo de colocar hasta ocho vigilantes nocturnos para velar por la seguridad y los ruidos en el exterior e incluso se ocupó de la limpieza del barrio los domingos por la mañana. «Esta semana sólo hubo tres vigilantes», matiza el portavoz de la asociación, al tiempo que pide más implicación del Ayuntamiento en la limpieza del barrio y de la Ertzaintza en la seguridad. De momento, el alcalde se ha comprometido a que los domingos por la mañana el servicio de limpieza también pase por el barrio (antes no lo hacía).

La solución puede estar en camino. El alcalde de Zestoa recuerda que a la discoteca se le «ofreció una ubicación alternativa en un polígono industrial cercano. Hace año y medio, los propietarios nos plantearon la posibilidad de recalificar los terrenos para que pudieran ser edificables y financiar con su venta la nueva sala de fiestas en el polígono. Lo consultamos en Diputación y nos dijeron que no era posible tal recalificación debido a que los terrenos están pegados a la N-634».

La discoteca siguió en marcha. «Posteriormente, llegamos a un acuerdo con la Diputación para cambiar el trazado de la N-634 y hacerlo pasar por el polígono en un futuro. Eso nos posibilita recalificar el solar de la discoteca. Hemos planteado a los propietarios la recalificación a edificable, pero esta vez no le podemos ofrecer un espacio en el polígono, porque no nos garantiza que la clientela no siga yendo al pueblo», dice el alcalde.

Cierre temporal

La propuesta está a la espera de la respuesta de los propietarios de la discoteca. «Estamos en trámites para que a finales de año tengamos el Ok de la Diputación y la cobertura urbanística para que la parcela esté recalificada», añade el alcalde, quien confía en que «se llegue a un acuerdo con una promotora y se cierre la sala de fiestas cuanto antes».

Mientras siguen las movilizaciones de los vecinos, la discoteca tiene que hacer frente a un cierre de tres meses por incumplimiento de horarios en 2004, impuesto por la Dirección de Juegos y Espectáculos. De momento, la sanción está recurrida.

Experiencia positiva en el barrio de El Pinar de Irún

El problema de Zestoa recuerda al pulso que durante años llevaron los vecinos del barrio de El Pinar de Irún con los propietarios de la discoteca Jennifer. Precisamente, la asociación vecinal de Arroa-Behea se ha puesto en contacto con la del citado barrio irunés para conocer la experiencia de la ciudad fronteriza. Allí, desde hace más de medio año, la música y las luces de la sala de fiestas se han cambiado por las ofertas y reclamos de un supermercado.

La historia la conoce bien Txomin Navarrete, presidente de la Asociación de Vecinos de El Pinar: «Cuando existía la discoteca, apenas podíamos dormir en las noches de verano, con 32º y las ventanas cerradas para que no entrara el ruido. En la calle, la gente chillaba hasta altas horas». Navarrete recuerda que «venían autobuses de franceses que se emborrachaban, rompían lo que cogían y destartalaban el barrio».

La solución llegó cuando las partes implicadas se sentaron a hablar. «En la asociación nos enteramos de que una empresa de supermercados estaba interesada en el local de la discoteca y nos pusimos a trabajar con los propietarios de la sala de fiestas para buscar fórmulas viables». En el proceso también terció el Ayuntamiento de Irún, que incluso llegó a ofrecer una nueva ubicación para la discoteca «aunque al final se echó para atrás». Finalmente, la sala de fiestas cerró en agosto de 2004. En su lugar ahora hay un supermercado. «El cambio es total. Se lo pueden preguntar a cualquier vecino. No hay ruidos, está arbolado... », afirma Navarrete.

Los propietarios dejarán la sala de fiestas si hallan una salida viable

J.M.V.
Pintadas que reclaman cierre de local
La sala de fiestas amaneció ayer con pintadas que reclamaban el cierre del local. [F. MORQUECHO]
En el otro lado de la barrera, aunque no enfrente, se encuentra una discoteca con más de 20 años de arraigo en el barrio. Los propietarios reconocen que el ambiente está enrarecido. Precisamente, la fachada de la sala de fiestas amaneció ayer con pintadas en las que se leía Jazberri kampora. «Además, quienes lo hicieron movieron un coche con matrícula francesa que estaba aparcado en una calle, lo colocaron frente a la discoteca y lo llenaron de pintadas», asegura una empleada de la sala de fiestas, que tiene un aforo para más de mil personas. La asociación de vecinos negó que estuviera detrás de dichas pintadas.

Los dueños del local «no aguantan más» y están dispuestos a aceptar la propuesta del Ayuntamiento, que contempla la venta del solar a una promotora una vez que se lleve a cabo la recalificación a terreno edificable. «Con el alcalde hablamos constantemente. Nos ha ofrecido varias cuestiones y hay que ver la viabilidad de cada una de ellas y la eficacia. En cuanto haya una salida viable económicamente y los perjuicios sean los mínimos posibles, cerramos», afirma uno de los tres socios del Jazzberri, que da empleo a 48 personas entre seguridad, camareros, limpieza, mantenimiento...

Uno de los propietarios del local reconoce que las protestas de los vecinos y el clima que se ha creado hacen que no «tenga ilusión de trabajar en estas condiciones. Al final, somos personas y no puedo ir a trabajar con la presión de los vecinos enfrente».

Los nuevos vecinos

En su opinión, «siempre ha habido quejas de los vecinos y siempre nos hemos arreglado. Es como todo, el negocio de hostelería tiene crestas y valles. Hay veces que estás funcionando a tope y otras menos. Cuanta más gente viene, hay más conflictos, pero cuantos más vecinos hay, también hay más quejas». Ahora la sala funciona «a medio gas» debido a las restricciones de horario, que les hace cerrar a las cinco de la mañana, y a la presión de los vecinos, que «afecta a nivel de trabajo».

El propietario recuerda que siempre ha habido colaboración con los vecinos. «Seguimos pagando la seguridad privada fuera de la discoteca y nos ocupamos de la limpieza del barrio. Desde siempre, hemos renunciado a cosas para evitar problemas. Lo que ocurre es que el año pasado se construyeron viviendas y llegaron nuevos vecinos, que son los que más se quejan. Antes de venir sabían que había una discoteca».

Los dueños de la sala de fiestas, que colaboran con la Ertzaintza en el tráfico de estupefacientes dentro y fuera del local, reconocen que «hay una incidencia directa entre lo que pasa y la existencia de la discoteca. Pero eso no sólo ocurre en Jazzberri, sino en la Parte Vieja y calles con bares. Por un lado hay un problema de civismo de algunos clientes y, por otro de infraestructura y medios de la Ertzaintza y el Ayuntamiento, en la seguridad y limpieza del exterior».

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