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Málaga, 01/06/05

El botellódromo

Gaby Beneroso
Lo primero que se debiera de hacer con esta idea es cambiarle el nombre. ¿Cómo se puede pretender enviar a alguien a un sitio que se llame así? Ahora que parece que la política se ha puesto de acuerdo en alejar a los jóvenes de donde puedan molestar, no estaría mal inventarse un edén promovedor. Quizá habría de plantearse algún avezado político, de esos que pasaron de los doce a los cuarenta y cinco años sin buscarle una motivación a su acné que, tal vez, no sea un incordio el joven, sino su botella medio vacía. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, se desea enviar el paquete completo a las lejanas tierras no urbanizables; resuelven juntos al joven y a su botella, o se sugiere al menos, supongo, de tan dichoso nombre de vidrio soplado.

¿Y el abstemio, dónde irá? ¿Será requisito imprescindible la entrada con casco de cristal ahumado, vaso o cubo para aligerar? Ya sé, ya sé Un problema es el ruido. En un solar, podrá gritarse lo que se quiera, siempre y cuando el tímpano no le vibre demasiado al borrachuzo de al lado, sobre todo si es grande y su mirada le delata algún mal beber pero, alcoholizarse es peor. Estoy casi seguro. Tan claramente, que dudo. Acabar con el ruido a cambio de barra libre con permiso y bendición gubernativa, de verdad de verdad que alienta el mal aliento. Hasta yo, animal de barra fija y `toilette´ inmueble me compraría un par de botellines a ver qué pasaba bajo un efluvio de luna.

Sería un gravísimo error crear un gueto al que los jóvenes se dirigieran para beber. Crear un absurdo lugar de encuentro en el que la mejor excusa fuese un mal trago. La movida -otro nombre horrible- no puede ser dirigida por decreto. Ni conducida a unas carpas en las afueras bendecidas por Gil. ¿Por qué no un concierto en el parque cada fin de semana? ¿Por qué no una moraga en la playa cada cuarto menguante? A los jóvenes, les gusta el teatro en la calle y los cines de verano. Hasta el circo, de verdad. Se conformarían con un escupe-fuegos y cuatro timbales o carreras de caracoles. Pero no tienen nada. Aparte, claro, de amigos, poco dinero, buen clima y mejor conversación.

¿Existiría la posibilidad de dedicar una pequeñísima parte de la recaudación por multas a ofrecer alternativas a una simple charla de litro? Los jóvenes no irán al Eduardo Ocón a ver una película porque sólo caben cien pero se moverán a cualquier sitio al que puedan acudir dos mil. No irán a ninguna peña a las doce de la noche pero sí bailarían al son de la peor banda de pachanga en cualquier multitudinaria fiesta de barrio. Por alguna extraña razón de sociabilidad, les encanta estar juntitos, apilados e incómodos.

No es necesario un botellódromo. Si se ofrece ocio de once a tres, el buen humor y sus altos tonos, se apagarán en los bares. Al precio justo; que es el caro. El precio indebido está en el botellón: seis euros, un litro, cuarenta grados y, por ende, una asidua y peligrosa tormenta.

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