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Granada, 21/10/04
Federico Velázquez de Castro Fernández/Doctor en Ciencias Químicas. Especialista en Ciencias Ambientales

El ruido: Una contaminación evitable

QUE nuestra ciudad tiene uno de sus principales problemas en el ruido, parece ser algo que nadie discute. Basta echar un vistazo a las columnas de los lectores en los periódicos, escuchar la opinión de los visitantes o, simplemente, intercambiar las propias. En todos los estudios realizados en este sentido, aparece Granada como la segunda ciudad más ruidosa de Andalucía, tras La Línea de la Concepción, con unos niveles entre 70 y 75 decibelios, por poner sólo un ejemplo, para el 37,5% del horario diurno.

Afortunadamente, se considera ya el ruido como una parte más de la contaminación atmosférica, aunque a diferencia de otros productos ligados a las combustiones y a los procesos que las originan (transporte, calefacción), el ruido no tiene justificación y se podría evitar si existiera suficiente voluntad política para ello. ¿Por qué entonces lo padecemos?

Cuando se ha entrevistado a los granadinos para que éstos expongan aquellos ruidos que les resultan más molestos y menos tolerables, invariablemente han señalado a los discontinuos, a los que sobresalen y deterioran el paisaje sonoro. No molesta tanto el ruido monocorde del tráfico rodado, como las motocicletas que pasan a escape libre o la sirena ocasional. Ocurre también que el ruido presenta un fuerte factor subjetivo, por ello, psicológicamente podemos admitir el ruido de una obra o de una ambulancia al considerarlas necesarias (aunque esto también deberá revisarse en el futuro), pero nos rebela especialmente el de los ciclomotores porque sabemos que no tienen razón alguna más que el deseo deliberado de notoriedad por parte de sus conductores, aun a costa del bienestar de los demás. Se trata, por tanto de una actitud, acentuada por el buen tiempo, en la que la sociedad civil (es decir, Vd. y yo) debe intervenir para erradicarla definitivamente. Vayan para ello algunas sugerencias.

En primer lugar, alguien debería decir a los jóvenes que utilizan diariamente motocicletas ruidosas que en un plazo aproximado de 12 años tendrán algún tipo de sordera. Si para el que padece el paso de un ciclomotor ruidoso se deriva una molestia, para el que la conduce supondrá a medio plazo un daño. Lamentablemente, sabemos en salud ambiental que cuando los problemas no aparecen de forma inmediata (como el sol y el cáncer de piel, o el tabaco y el cáncer de pulmón), los riesgos suelen ignorarse, especialmente por los más jóvenes, para quienes tales plazos son vistos como eternos; pero tanto en la escuela como en las asociaciones (juveniles, de vecinos, deportivas) debiera enseñarse con rigor y seriedad cómo la exposición diaria a cualquier forma de ruido (ya sea conduciendo el ciclomotor manipulado, frecuentando locales donde la música es muy alta o escuchando el walkman o discman a todo volumen) determinará inevitablemente daños auditivos irreversibles, pues éstos, igual que ocurre con la radiactividad o la radiación ultravioleta solar, se acumulan progresivamente en el organismo.

Y puesto que hemos citado la escuela, los centros docentes podrían hacer mucho para la erradicación del ruido. Afortunadamente, hoy ya están en marcha iniciativas que, similares a las de los 'centros libres de humo', quieren también conseguir 'centros libres de ruido'. Se trata de impulsar una cultura de la cordura que diagnostique los focos ruidosos mediante mapas acústicos internos e impulse compromisos y catálogos de buenas prácticas que destierren los malos hábitos, distinguiendo las zonas de desahogo de las de estudio y tránsito. Y, en todo caso, todo centro que se precie de ser educativo y todo maestro que se tenga como tal, no deberían permitir el acceso de alumnos con motos ruidosas, de la misma manera que tampoco se permitiría que el alumno llegara desaseado y sucio. La escuela es el lugar idóneo para corregir prácticas equivocadas y para estimular valores como el cuidado hacia uno mismo y el respeto hacia los demás.

Por otra parte, muchas de estas motocicletas trucadas las emplean jóvenes trabajadores o aprendices para repartos a domicilio o desplazamientos entre talleres. En este caso, los vecinos o clientes deberían hablar con seriedad con los propietarios de los negocios, haciéndoles sentir su queja y advirtiendo que recurrirán a otra empresa que preste servicios similares si no se corrige el ruido que provocan las motos de sus empleados. Y si nuestra vecindad es con un taller mecánico del que se sospeche que puedan realizar malas prácticas con los ciclomotores, sería la comunidad de propietarios quien debería hablar con su dueño o, si el problema no se corrigiese, con las autoridades municipales. Estas pequeñas iniciativas cívicas pueden ser de gran ayuda para todos los ciudadanos.

Además de estas actuaciones concretas siempre queda la denuncia a la policía local, por cuanto que los ciclomotores ya disponen de matrícula que los identifique y existen Normativas que regulan el nivel de ruido tolerable. Y aunque debieran ser los poderes públicos quienes velaran con más diligencia para atajar definitivamente este problema (es, quizás, el único caso en el que quien comete un delito se está delatando 'ruidosamente'), parece que sin la colaboración de todos no conseguiremos grandes logros. Puesto que es nuestra salud la que está en juego (los daños del ruido sobre el sistema nervioso, circulatorio o digestivo -además de la sordera- son bien conocidos), toda fuente de ruido tendrá que ser, más pronto que tarde, corregida, y desde luego las primeras deben ser las que no tienen justificación. Nos ayudaremos unos a otros, conseguiremos entornos más habitables y nuestros visitantes guardarán un mejor recuerdo de nuestra ciudad.

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