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Lugo, 29/03/04

Las murallas de Lugo

José Manuel Ponte
Hay preocupación en Lugo porque las milenarias murallas romanas están siendo asaltadas por los vándalos modernos, que no tienen nada que ver con aquel otro pueblo, supuestamente bárbaro, que nos invadió en tiempos remotos, junto con los suevos y los alanos, sino con gente incivil que destroza por placer.

Según hemos podido leer en la prensa regional, 149 lámparas y 15 cristales del sistema de iluminación que realza su elegante contorno durante la noche fueron rotos deliberadamente el pasado año. Y en lo que llevamos de éste que corre, el estropicio es tan considerable que las autoridades temen que la cosecha de tropelías supere con creces a la precedente.

En el Ayuntamiento lucense los ediles se interrogan sobre cuáles puedan ser las causas de esa furia destructora y, pese a que han reforzado la dotación de guardias municipales, aun no han conseguido detener a ninguno de los salvajes.

Ahora bien el más desconcertado de todos es el concejal encargado de preservar el patrimonio público, don José Ángel Corredoira, que no encuentra explicación a los ataques. No le cabe en la cabeza a este hombre que entre el personal que acude a diario a solazarse por el amplio paseo, de unos dos kilómetros de largo y cuatro metros de ancho, que discurre por la cima de esta obra monumental, haya quien albergue otro deseo que no sea el de gozar de su pacífica contemplación.

Al fin y al cabo -argumenta- allí sólo se acercan parejas de enamorados a dar románticos paseos, la tribu numerosa del botellón durante el fin de semana y los esforzados atletas que combaten el colesterol con asfixiadas carreras ocasionales. Es decir, gente sobre la que hay que extender la confortable capa de la presunción de inocencia. ¿Quién de esos podría caer en la tentación de haber tirado la primera piedra? Don José Corredoira no se lo imagina, pero yo sí, quizás porque mi infancia y primera juventud se desarrolló en épocas más inciviles y menos democráticas y permisivas que las actuales.

Entonces, las parejas de enamorados buscaban la oscuridad para dar rienda suelta a sus exaltaciones eróticas y más de un novio se libró, con un cantazo certero, de la luz que esparcía una bombilla, molesta para sus propósitos. Ignoro, desde luego, si hoy en día hay que recurrir a esos procedimientos expeditivos.

En cuanto a la forma de expansionarse de la trashumancia que se reúne al aire libre durante los fines de semana para debatir sobre asuntos de interés nacional, no puedo opinar porque no suelo asistir a esos encuentros culturales espontáneos. Y, por supuesto, descarto totalmente la culpabilidad de la tropa que corre para sudar la mala salud. Esa gente no tiene tiempo para pararse un momento a saludar a los convecinos con los que se cruza, y menos aún para hacer gamberradas.

Esta historia le hubiera divertido bastante a mi buen amigo el gran publicitario asturiano Manolo Brun, que frecuentó mucho Lugo cuando se iniciaba en la vida y en los negocios. Al parecer, tenía una novia con la que se daba largos paseos por esas murallas, cuando caían las sombras propicias.

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