San Sebastián, 27/03/04 Plaza de GipuzkoaSilencioGontzal LargoImagino que fue hace años cuando un juez malvado dictó sentencia contra el silencio y obligó a éste a desaparecer de nuestras vidas. El pobre silencio -o lo que es lo mismo, la ausencia de ruido- marchó de la Tierra y, seguramente, echó raíces en parajes menos hostiles como la Luna, Marte o Vulcano. Desde que el silencio huyó, se ha instalado en nuestra sociedad una enfermiza necesidad de llenar con sonidos aquellos espacios en los que antes reinaban la paz sónica.Las salas de cine antes de la proyección de la película, las salas de espera, el transporte público o las cafeterías son algunos de esos lugares en los que el maldito hilo musical ha causado auténticos estragos. Cada vez resulta más complicado compartir los silencios con uno mismo o con un libro en un lugar cerrado, sin tener que soportar, de fondo, el incesante caudal de música y voces de la radio. A este paso, van a poner hilo musical en las paradas de autobús, en los puentes, en los portales y, con un poco de suerte, hasta en las cabinas telefónicas. Puede que, algún día, el silencio vuelva de su exilio en el espacio exterior y evite que suenen los discos de Phil Collins en los autobuses de largo recorrido, que Kenny G reine en los ascensores de medio mundo o que La Chica de Ipanema deje de protagonizar las esperas telefónicas del otro medio. Hasta que ello ocurra, no dejen de repetir ese perturbador lema de Vodafone que reza: «La vida es móvil». ¿A eso lo llaman vida?
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