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Villaviciosa, 14/03/04

Una vecina ruidosa

Los habitantes de San Miguel de Arroes han tenido que acostumbrarse al tráfico que cada día invade la autovía A-8 entre Gijón y Villaviciosa
Miguel Barrero
Anticipó su llegada durante mucho tiempo y desde el principio dejó claro que su llegada no iba a pasar inadvertida ni daría facilidades a la hora de marcar las reglas de la convivencia. La nueva vecina que desde hace unas semanas ha irrumpido en las vidas de los vecinos de San Miguel de Arroes mete bastante ruido, aunque todos la aceptan sin mayor queja. El tramo de la A-8 entre Gijón y Villaviciosa atraviesa, literalmente, el pueblo y lo parte en dos. Pero ellos no se quejan.

Aurelia Cuesta, por ejemplo, no se muestra nada preocupada. Espera que coloquen pronto los paneles prometidos para mitigar el ruido, y asegura que «poco a poco van arreglando lo que estropearon». Acompañada de su perra 'Selva', que secunda con ladridos y lengüetazos cada palabra que su dueña dirige a los periodistas, cuenta que «es un poco irregular. Si pasan camiones, se oye mucho ruido, pero la autovía hacía mucha falta y hay que comprenderlo». Ella se las apaña bien con el sueño: «Por la noche claro que se siente también, pero no mucho», apunta. Aunque 'Selva' si lo nota: «Ella a veces pasa hores y hores ladrando porque oye pasar los coches, pero seguro que termina acostumbrándose».

A escasos metros de la casa de Aurelia hay una finca bastante recoleta a la que tan sólo separan de la autovía un muro y diez metros aproximados de distancia. Su propietario, Constantino Janeiro («como los de Ubrique, pero sin cuernos», aclara), tampoco se siente importunado en demasía. Hace su vida en Gijón, pero regularmente acude a Arroes («los fines de semana, todos; y de lunes a viernes, alguna tarde) para cuidar su finca, que adquirió a finales de 1982, hace casi veintidós años.

«No estoy ni a favor ni en contra; mayormente, a mí no me molesta mucho», subraya. «Lo único», aclara, «que a mí antes en la huerta me salía un manantial, y ahora con la autovía se me va a secar en verano». Eso sí, afirma que «todo esto cambió al cien por cien», y muestra su convicción de que «los que tendrán algún que otru problema serán los que quieran edificar ahora, porque supongo que la autovía yos comerá terreno».

Al otro lado de la autovía viven Adolfo Álvarez Molleda y Montse Suárez. Habitan una casa ligeramente apartada de la A-8, pero desde cuya puerta se puede escuchar sin problemas el constante murmullo de los coches, camiones y furgonetas que recorren la distancia que media entre la villa del ilustre Jovellanos y la Villa, así a secas. «Ruido hay, pero aquí tamos un poquitín aislaos», sentencian.

Al lado de casa
Ellos, que tienen la puerta de la casa orientada al lado contrario de la autovía, creen que lo peor ya ha pasado: «Lo más molesto fue mientras hicieron la obra, y ahora todavía falta por rematar algo, pero estamos contentos».

Por sus propiedades campan vacas, unas pocas gallinas y un perro que no para de ladrar durante toda la conversación, pero aseguran que «los animales no protestan; sí lo hicieron cuando estaban con los trabajos, pero ahora nada. Aunque di tú que nosotros lo que más tenemos son vaques, y éses no dan mucha guerra». Desde su casa, se observa otra, casi pegada a la autovía, a cuya puerta llega, justo en ese momento, una furgoneta. «Mira, podéis preguntar allí», advierten al dúo de informadores.

En efecto, la casa de marras puede ser el caso más paradigmático. Pertenece a José Luis Valdés. Entre su vivienda y el ya de sobra conocido tramo de la A-8 apenas median unos cinco metros. Casi cualquiera podría acariciar los capós de los coches que transitan por el asfalto con sólo sacar el brazo por una de las ventanas traseras.

Podría pensarse, dada la situación, que este vecino de Arroes no siente especial querencia por el nuevo y ansiado tramo de la autovía del Cantábrico. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Él, como todos, cree que, en la balanza en la que se pesan los pros y los contras del nuevo vial, ganan los primeros. «Estábamos más tranquilos antes, claro», apunta, «pero tampoco nos molesta tanto». Todavía no pusieron la pantalla, pero quitará mucho ruido».

Tanto él como su mujer se dejan arrullar sin problemas cada noche por los brazos de Morfeo: «Cuando hay más tráfico ye por les mañanes, y además tenemos la habitación colocada pal otru lau». Y, además, se muestra firme en su convicción de que, en el fondo, no hay mal que por bien no venga: «Ahora, podemos llegar hasta Gijón en nada. Lo que nos quiten por una parte acaben poniéndonoslo por la otra».

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