Palma de Mallorca, 25/06/04 Las voces humanasDaniel CapóEn las primeras décadas del siglo XVI, el compositor francés Clément Janequin compuso Les cris de Paris, una pequeña chanson en la que se superponían las distintas voces de la ciudad: la cháchara amable de las ancianas, el jolgorio de los niños jugando a las canicas, la polifonía de los comercios, el trotar constante de los caballos. Cuando uno era niño -hará ahora veinte o veinticinco años- se podían escuchar algunas de estas voces. Recuerdo a un alemán achinado vestido con un traje tirolés que al llegar la noche entonaba canciones de su país. Y recuerdo también un aparato de radio junto a unas persianas verdes y el silbido de un afilador de cuchillos que pasaba con su motocicleta al salir el sol. Y recuerdo el aletear de los pájaros al atardecer, el tañido de las campanas de la iglesia y el plúmbeo adagio de Albinoni que escuchaba cada día, antes de salir a trabajar, un disc-jockey que ya murió.Bien pensado, no son muchos los sonidos de mi infancia. Las voces humanas que pueblan las calles exigen para su percepción un silencio que ya no existe. Los monjes budistas creen que el silencio está reservado a los santos que saben acallar la mente, pero en la naturaleza, el silencio absoluto no existe. Incluso al contemplar por la noche la vastedad del firmamento, uno reconoce -tal vez apagado por la distancia- el sonido de la brisa o el canto de un grillo o el crujir de las pisadas sobre los guijarros. Se han realizado estudios científicos con los que se ha detectado el sonido de la savia subiendo por los árboles y se sabe que si a un hombre lo encerraran en una cámara insonorizada escucharía el zumbido producido por la propia circulación de la sangre. Tal vez por ello, sea más fácil imaginarse la ceguera que la sordera. Pero no creo que una chanson como la de Janequin fuera posible hoy en día. La infinita diversidad de las voces humanas ha sido ahogada por el rugido de los coches, la algarabía de los cláxones y el asedio de los aviones. En los bares y las tabernas, abundan las caras anestesiadas por el sonsonete cansino del televisor. Y si bien un cierto espacio de silencio permanece en los claustros de los conventos y en los patios de algunas casas del casco antiguo, ya nadie afirmaría que estos lugares sean el reflejo de nuestra época. El hombre contemporáneo, al contrario, huye del silencio y de todo lo que representa. Uno cree, como Nietzsche, que la dimensión espiritual del hombre se mide por su capacidad para soportar la soledad. De soportarla sin embrutecerse, piensa uno, sin caer en el rencor al mundo. En la mayoría de las ocasiones, precisamente, buscamos en el ruido el consuelo que no hallamos en nosotros mismos y que nos sirve para huir de aquello que nos atemoriza. En última instancia, es siempre la fragilidad de nuestro destino la que nos aterra y nos agarramos a cualquier promesa con tal de olvidar la precariedad de nuestro existencia. Incluso a costa de perder parte de nuestra humanidad. Como esas voces que inspiraran a Clément Janequin y que ya nos resultan tan lejanas.
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