Córdoba, 15/02/04 Ciudad Jardín: las calles del InfiernoT. CárdenasCiudad Jardín queda atrapada cada fin de semana en un estruendo de juventud que estalla en alcohol, decibelios, orines, vómitos, detritus y basura: la perdición de un barrio sin leyCiudad Jardín es un barrio tomado. El lunes significa la liberación para muchos vecinos. Atrás queda la pesadilla del fin de semana y festivos, al socaire de pubs, bares y discotecas que convierten la vida de este populoso y paciente enclave en un infierno. Manuel Benavente sabe muy bien lo que es este calvario. Vive en la calle Julio Pellicer, una de las vías más castigadas por la movida que empieza los jueves por la noche y acaba los domingos por la noche, además de todas las fiestas de guardar. Pero ni tiene segunda residencia donde huir ni puede adquirir otra vivienda, como, dice, hizo Rosa Aguilar, que salió corriendo cuando pudo de la calle Felipe II donde residía. Negativa del AyuntamientoManuel se ha desgastado los nudillos de los dedos llamando a las puertas del Ayuntamiento y de todos los políticos de turno, pidiendo ayuda y demandando que impongan la normativa existente, como hacen en los demás barrios de Córdoba. Que impidan simplemente que se salten a la torera las limitaciones más esenciales para la convivencia. Pero hasta ahora sus intentos han sido en vano. La Policía, asegura, no acude a sus llamadas y cuando lo hace pasa de puntillas. No quiere complicaciones, lamenta. y lo que es peor, le tratan como a un tonto explicándole que no tienen medios para medir la intensidad de los decibelios que hacen vibrar su vivienda y los cimientos de todo el bloque.Las cortinas, tapicería y las paredes de la vivienda de Manuel están ennegrecidas por de la nicotina que penetra a través de las conducciones de la calefacción de las discotecas colindantes. Con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, cada noche intenta conciliar el sueño blindándose con tapones de cera. María Zabala ha agotado ya todos los recursos más livianos y ha tenido que recurrir directamente a los calmantes. Vive en otro punto neurálgico del conflicto, la calle Alderetes, y reconoce que la situación le está desbordando. Denuncia la inseguridad en la que se encuentran sumidos los vecinos que se sienten amenazados y acosados. María critica la actitud deplorable de muchos jóvenes que, explica, vomitan en los critales de las puertas y orinan en las escaleras para hacerles daño. Lo peor, señala, no es ya que Sadeco acuda cada vez con menos frecuencia a limpiar el barrio, sino que los propios vecinos tengan problemas para contratar quien quiera hacerlo. «Les da asco», dice.
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