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Málaga, 19/01/04

¡Piedad con mis tímpanos!

Luis Sanz, Director General de la Asociación Internacional de Parques Tecnológicos
Estentor, el héroe mitológico que pereció en combate con Hermes, poseía un descomunal chorro de voz con el que aturdir al personal; Homero nos cuenta que gritaba tanto como cincuenta hombres juntos desgañitándose a pleno pulmón. Más toscamente que Homero, Gil y Gil también evocó al vociferante guerrero con su ya célebre y lerdo `ostentóreo´, en que se fundía, no se sabe bien por qué tortuosos mecanismos de su mente, el boato y el berrido.

En España, nuestra particular forma de entender lo que es la `alegría de vivir´ nos ha convertido a casi todos, mal que nos pese, en esténtores de pacotilla, forzados como estamos a gritar para hacernos oír en cada vez más sitios. Ya sabemos que el mundo mediterráneo es extrovertido, alborotador y de algazara fácil, pero me temo que aquí se nos ha ido la mano. Atosigado por el ruido, he consultado distintos informes y artículos sobre el asunto -interesante, por cierto, un reciente trabajo de la profesora Clara Martimportugués, de nuestra Universidad malagueña-. Todos ratifican mi agobio: España destaca por su algarabía perpetua y Málaga, en particular, ocupa puestos de relieve en la infausta liga del estruendo.

Uno se levanta temprano para ir al trabajo y aspira a un suave despertar, a recobrar forma humana poco a poco, disfrutando plácidamente de un café y el periódico en un discreto bar, ¡pero va uno listo! La agresión acústica empieza desde los primeros rayos de sol. En el bar, en cualquier bar de nuestro patrio solar, el recato es anatema, el recogimiento, baldón, y el silencio, imperdonable afrenta.

Sentado uno frente a su taza de café es inmediata e inmisericordemente agredido por el fragor. El pelmazo ludópata de turno alimenta sin pausa la ranura de la máquina tragaperras, que no se contenta con desposeerlo de sus bienes sino que lo proclama a los cuatro vientos con toda la suerte de pitidos, campanazos, bocinazos y una chillona voz cibernética que berrea cada dos por tres estúpidos avisos. Un aparato de televisión está encendido con cualquier descabellado programa al que nadie presta atención -salvo si es fútbol-, pero que aumenta el aturdimiento con su parloteo. El dispensador de cigarrillos nos irrita con incesante gangueo -`su tabaco, gracias´-. La máquina de café, que se está calentando, bufa y rebufa cual locomotora desbocada, y para ponerle broche de oro al tremendo estrépito, el camarero se entrega al deporte autóctono favorito de los baristas de España: el lanzamiento de platitos. Nuestro camata, paño en mano, seca febrilmente los platillos recién sacados del humeante lavavajillas y después, con hábil muñequeo, los lanza en vuelo para que vayan apilándose unos sobre otros con un estruendo histérico y chillón que consigue, por fin, arruinar nuestro café matutino.

Sale uno a la calle con los nervios deshechos y el tachín de los platillos taladrándole aún los tímpanos, y se da uno de bruces con el trasnochador de turno -ahora, al parecer, ya nos se les conoce como trasnochadores o calaveras, sino como `los after´, ¡no te lo pierdas!-; pues allí que está nuestro `after´, a bordo de su utilitario, con las ventanillas bajadas y unos altavoces más grandes que las ruedas y que laten como si fueran a salir despedidos de su encaje al compás de la música-máquina que el barbián tiene puesta a todo volumen, `patum´, `patum´, `patum´, y nos da otro vuelco el corazón -multiplicado por la contemplación de la tapicería de leopardo-.

Antes de doblar la esquina, con el café revolviéndose ya en el estómago ante tanto sobresalto, somos agredidos aún por dos mierdecillas de motocicletas cabalgadas por sendos horteras -especie en alarmante expansión- sin tubo de escape, que nos ametrallan con los decibelios de sus pedorretas de autoafirmación.

Y así todo el día y por todas partes. Se habla alto, muy alto, en los restaurantes, se grita en los centros comerciales, se aúlla en la calle; los locales públicos, lejos de tener una acústica protectora, magnifican la batahola. Las fuentes de ruido son infinitas, están por doquier, nadie las controla, y lo que es peor, parece que nadie se da cuenta. El silencio se desconoce, se desprecia incluso, y no se sabe qué hacer con él. Reina la barahúnda y nadie pone coto al desafuero, y poco a poco, sin darnos cuenta, nuestros nervios se van acercando al precipicio del colapso fatal.

Hasta en los restaurantes más postineros no nos libraremos del hortera de rigor -esta vez en su versión `huevos de oro´- que no se privará de vocear sus baladronadas por el teléfono móvil mientras masca a dos carrillos su mariscada -para él, el summum del sibaritismo- y que, por si le percatamos de que, además de teléfono, también lleva pulsera. Y lo más asombroso es que nadie le haya prohibido la entrada.

¿A qué extrañarse, pues, de los de aquel mortificado ciudadano que, paseando un día de campo, se quejaba amargamente del canto de las cigarras, pues no le dejaban escuchar carrusel deportivo?

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