Madrid, 15/08/04 Las denuncias por consumo de alcohol en la calle se triplican en sólo un año en la regiónEnclaves patrimoniales de la capital, como el Templo de Debod y sus jardines, son pasto, todos los fines de semana, de grupos de jóvenes que se reúnen para beberCarlos HidalgoLos madrileños continúan bebiendo en la calle. Y mucho. La Ley de Drogodependencias y otros Transtornos Adictivos de la Comunidad de Madrid, más conocida como «ley antibotellón», que lleva en vigor un par de años, sufrió el pasado 28 de mayo, con la aprobación en la Asamblea de Madrid de la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos, varias modificaciones en su texto. Entre ellas, dos destacan por su relevancia social. Por un lado, las estaciones de servicio y gasolineras podrán vender a partir de las diez de la noche, a mayores de edad, productos fermentados -uva, manzana y cereales- de no más de 20 grados. Además, también ha cambiado el régimen sancionador, de manera que la facilitación a menores de bebidas, antes considerada como falta grave -y, por lo tanto, sancionada con un máximo de 60.000 euros- ahora pasa a ser leve, siempre que no sea un intercambio de fondo oneroso, con lo que se pena con multas de entre 300 y 30.000 euros.Desde la Oficina del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, estas modificaciones a la norma se consideran «un paso atrás» en la cruzada contra el botellón. Sin embargo, los últimos datos que fuentes cercanas al organismo dirigido por Pedro Núñez Morgades han facilitado a ABC señalan que, en un año, el número de denuncias por ingesta de alcohol en la región se ha triplicado: de las 565 en un mes en 2003 se ha pasado a 1.550 este año. ¿Qué es lo que ha ocurrido? La realidad no es que se beba más -lo cual iría en sentido opuesto a lo que se pretende con la reglamentación-, sino que existen mayores mecanismos de denuncia, precisamente, a raíz de la entrada en vigor de la norma. Asimismo, existen otras realidades. En España, al contrario de lo que sucede en la mayoría de los países europeos, la subida del precio del alcohol no ha servido como elemento disuasorio para el consumo entre jóvenes, sino que ha provocado un efecto dominó en el que la última ficha es el «botellón» . La proliferación en los últimos meses de controles policiales en las zonas donde se reunían los jóvenes a beber en la calle, como la plaza del Dos de Mayo, consiguió mitigar sus efectos, pero la realidad es que el «botellón» «ya no se visualiza como antes, pero está más disperso», apuntan desde la Oficina del Defensor del Menor. Y es que las autoridades competentes lo tienen muy claro: los jóvenes no están de acuerdo con la «ley antibotellón». Buena prueba de ello son las opciones que toma este sector de la población madrileña, especialmente, ahora que la canícula hace de las suyas durante la noche. Si a ello le unimos, al comienzo del verano, la finalización de los exámenes y las consiguientes fiestas de graduación y de fin de curso, y, posteriormente, el período vacacional, la «excusa» para salir a la calle a beber está servida. Como el néctar de los dioses...Medianoche en Madrid. Las inmediaciones de la plaza de España presentan la imagen de algunas personas, no tan jóvenes, bebiendo en los bancos. Es el otro «botellón» , del que casi nadie habla. Llegando al paseo del Pintor Rosales, a los pies de la escalinata que conduce al Templo de Debod, dos camiones del servicio de recogida de basura se apostan entre los coches, a la espera que los restos del naufragio comiencen a aparecer.Sin embargo, parece que la noche va a ser benevolente. No será por el cordón perimetral que circunda cada jardín de la zona y que los jóvenes se han saltado, botellas y bongós en mano, para pasar la noche bajo las estrellas; tampoco será por la «legislación antibotellón», esa especie de ley seca, cuyo cumplimiento. Ese fin de semana los habituales del «mini» y la litrona se han «exiliado» a otras zonas de la ciudad, principalmente no muy alejadas del centro, como la avenida del Brasil y las calles aledañas a la zona de Santiago Bernabéu. En el interior del parque, varios grupos de jóvenes tocan los timbales, fuman... y beben. Sin embargo, la aglomeración de jóvenes es mucho menor que la de otros viernes por la noche. En Alonso Martínez y la aneja plaza de Santa Bárbara, lo mismo. Un ejemplo de verdadera «bacanal» se produjo hace pocas semanas muy cerca de allí, bajando la calle de Hortaleza, en Chueca. El barrio fue «tomado» por miles de jóvenes que festejaban la celebración del Orgullo Gay. San Marcos, Vázquez de Mella, Pelayo, Gravina y el largo etcétera de calles y plazas que conforman el barrio fueron pasto de un relicario de personas de toda condición que consumían alcohol con el visto bueno de la Administración: es la otra cara de la legislación, que permite el consumo de estas sustancias en determinadas celebraciones. Este año, además, por vez primera el Ayuntamiento de la capital subvencionaba una de las fiestas conmemorativas. Varias semanas después, la situación es similar en el centro y otras zonas de la ciudad, habituales en la movida madrileña. La plaza del Dos de Mayo continúa acechada por jóvenes amigos del porro y de orinar en las esquinas y portales de las calles anejas. No se ve masificación, pero nadie les reprende. Lo mismo ocurre en las zonas más conflictivas del distrito de Moncloa, como Ciudad Universitaria y el Parque del Oeste, y Centro, en las calles perimetrales de Tribunal. El fenómeno del «botellón» no ha desaparecido, aseguran, pero sí se manifiesta de manera menos densa, pero más dispersa. El cronista apura un cigarrillo en un banco de Vázquez de Mella. Un grupo de chicas, mayores de edad, instala los «enseres» con que condimentar la noche antes de irse de discoteca: varias botellas de alcohol que beben mientras alguna que otra patrulla policial, o quizá la misma, que pasa en distintas ocasiones, se pasea por la zona, vigilante, pero sin intervenir en ningún momento. Cuando deciden marcharse -«antes de que empiecen a cobrar en los locales»-, recogen todos y cada uno de las botellas y vasos que han utilizado. Todo un detalle. Pasan los minutos, incluso las horas. Nuevo cigarrillo y nuevos vecinos de banco: un grupo de jóvenes, mayores de edad, se dirige a una discoteca cercana, pero antes, uno propone: «Tíos, vamos a meternos una raya». Cuando tienen la coca, los carnés y el billete de 50 euros, a modo de canuto, preparados, se percatan de la presencia policial a pie. «Espera, que está ahí la Policía». Llevan razón. No esperan ni siquiera a que los agentes abandonen la plaza, sino sólo a que se den la vuelta y comiencen a desandar su camino, para esnifar la droga. Comienza la noche.
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