Granada, 6/5/3 EL RÍO DE LA VIDAOda a la meada en el día de la cruzANDRÉS CÁRDENAS
Granada de cieno,/Granada de curda y de coma etílico:/¿Quién ha conseguido cambiarte el color de tu mejilla?/¿Qué voz perfecta dirá las verdades de tu fruto?/ ¿Quién el sueño terrible de tus calles mancilladas?/ Chichis de Dinamarca, vaginas de Ávila, almejas de Málaga /Pililas de Murcia, carajos de México, cipotes de Archidona /Meadas de Inglaterra, micciones de Alicante, ureas de norteamérica /Vomiteras de Valladolid, espasmos de Italia, náuseas de Córdoba ¡Jóvenes de todo el mundo, meones de plazuelas!/Esclavos de la vejiga. Servidores de sus retretes./ Abiertos de patas en las plazas, con fiebre de abanico/O emboscados en yertos rincones de portales. Si García Lorca viviera en vez de a Walt Witman la oda se la hubiera escrito al Día de la Cruz, la fiesta que ha conseguido convertir a Granada en la Gran Letrina de Mundo, en el GRAN ADAGIO de la borrachera y las excreciones, de las gargantadas y las regurgitaciones. Ustedes lo han podido comprobar. Durante el pasado fin de semana, jóvenes de todas las partes del planeta, han colaborado con los nativos, en transformar esta ciudad en ese suelo patrio en el que poder aliviar el vientre y la vejiga. «Esto ya no es lo que era». Esa ha sido sin duda en estos días la frase más repetida por los lugareños de más edad, aquellos que sienten nostalgia por una fiesta local e intimista en la que se podía bailar y comer habas en torno a una cruz de flores. Y es que Granada ha vivido en estos días quizás el despropósito más grande que se conoce en cuanto al ultraje de una fiesta local. Las calles adyacentes a las concurridísimas zonas del centro, se convirtieron en las madrugadas del viernes y sábado, en ríos de orines, orinocos de meadas con pestilencia de alcohol. Granada alteró su fisonomía esas noches y quedó trasfigurada en un vasto vertedero de vómitos, cascos de botellas y bolsas de plástico. El Día de la Cruz en Granada ya no huele a rosas ni a claveles, sino al ácido de los meados y las vomitonas. Quizás haya por ahí alguien que justifique estos excesos y que crea que esta desmesurada juerga de alcohol y decibelios, de arcadas y aguas menores, sea el lógico resultado de la vitalidad juvenil. O pueda que alguien, por miedo a que lo tachen de intolerante, excuse la actitud de los participantes en la fiesta diciendo que hay que dejar a la juventud que se divierta. Alguien puede pensar también que esto se arregla poniendo más papeleras para los desperdicios o más urinarios públicos. Pero no nos engañemos. Lo que está pasando en las madrugadas del Día de la Cruz es el resultado de una sociedad sin valores y sin educación. En cuanto a culpables, quizás habría que buscarlos en aquellos que alientan el negocio boyante de una barra montada a espaldas del espíritu de la Cruz, aquellos que permiten que pongan música que nada tiene que ver con esta fiesta y en aquellos que crean que es imposible atajar este desmadre. Lo que duele es comprobar que muchos granadinos empiezan a huir de su fiesta más genuina y que piensen que para que haya una fiesta de Cruz así, mejor es que no la haya.
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