Mérida, 5/5/3 Un bar en la camaEl matrimonio Mendoza lleva cuatro años de padecimiento. por un local sin licencia que está pared con pared con su dormitorioVICENTE GÓMEZ FORNÉS
El local en cuestión era una pequeña tasca o bar, llamado 'La Charra', que tenía adosada una pequeña tienda de las de 20 duros. Hace cuatro años, el inquilino del local por entonces tiró todo y unió el bar y la tienda, poniendo donde estaba ésta una barra y la cocina. Aquí fue donde comenzó el calvario de Saturnino y su familia ya que cocina y barra estaban adosadas prácticamente a la cabecera de su cama y no paraban de tener ruidos por las noches. En esta etapa cambió de nombre y pasó a llamarse 'Tomabar', y tras las quejas de Saturnino y otros vecinos en el Ayuntamiento, el delegado de Disciplina Urbanística por entonces, José Pérez Garrido, ordenó su cierre durante unos meses. Tras las primeras protestas ante el Ayuntamiento consiguieron que se hicieran algunas reformas y una insonorización parcial en el local que ocupaba el bar, en la que apenas invirtieron 300.000 pesetas, según Saturnino Mendoza. A pesar de todo, el local seguía sin licencia de apertura y sin los permisos pertinentes para ejercer la actividad de local público. InsonorizaciónDespués de estar cerrado un tiempo, el local se volvió a abrir con otro inquilino, ya con el nombre de 'Mario', y de nuevo sin licencia. Saturnino Mendoza y su familia tuvieron que volver de nuevo a la lucha para solicitar la insonorización completa del local. «Aparte de no tener nada de nada en este caso ni tenían permiso de Sevillana, como descubrimos más tarde la comunidad de vecinos». Después de esta nueva etapa el bar volvió a cerrar durante un tiempo, hasta que el pasado mes de marzo se hicieron cargo del mismo tres jóvenes para abrirlo enfocado a una clientela más juvenil. Estos jóvenes le cambiaron el nombre por el de 'Hamburguesón', y de nuevo empezaron los problemas de ruidos, molestias, y pesadillas para la familia Mendoza. «Estos jóvenes ponen música, en un local que no está destinado a ello y por tanto no está acondicionado; pero es que no sólo eso porque hay noches que después de cerrar se quedan hasta altas horas de la madrugada y no hay quien duerma», cuenta Saturnino. Aunque desde el Ayuntamiento se han dictado decretos y órdenes de cierre, el bar sigue abriendo. Desde la Delegación de Disciplina Urbanística emitieron una el pasado 3 de abril en la que se les daba un plazo de diez días para poner todo en orden y solicitar los permisos, ordenándoles que cerraran mientras tanto. Sin embargo, han vuelto a abrir, y el miércoles de la semana pasada, Saturnino y su mujer tuvieron que volver a llamar a la Policía. Esta situación ha creado un estado de ansiedad en el matrimonio que les ha llevado a ponerse en manos de médicos y a tomar ansiolíticos y otros medicamentos. «Mi mujer está ya que no lo aguanta, y el especialista nos ha dicho que ha sufrido un gran deterioro físico y mental».
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