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Eivissa, 14/07/03

“Si pides un poco de silencio, te llaman fascista”

Varios vecinos relatan con indignación y frustración su convivencia diaria con el ruido en las calles de Vila Motos, bares, servicios de limpieza y aparatos de aire acondicionado centran las quejas
Los habitantes de las partes más concurridas del municipio denuncian su “desamparo” ante las instituciones que “no obligan a cumplir con las ordenanzas” de contaminación acústica y exigen en un manifiesto el derecho al descanso.
Enric Fernández
Durante la temporada estival, los niveles de contaminación acústica superan en muchas zonas del municipio de Eivissa los límites permitidos por la Ley de Medio Ambiente y recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por este motivo, varias asociaciones de vecinos de la ciudad firmaron la semana pasada un manifiesto titulado 'En favor del descanso de los vecinos´, en el que reclaman el cese inmediato del ruido provocado por bares, discotecas, aparatos climatizadores y tráfico, que generan estrés y problemas de salud a los habitantes.

“Me siento desamparada por las administraciones”, explica una vecina de la Vía Púnica que “sufre” desde 1991 el zumbido del aire acondicionado del cine Cartago. “Y ahora, los del supermercado Syp, que lo tengo abajo, han construido un escape que tiene toda la pinta de generar más ruido”. Los vecinos de la manzana, situada al comienzo de la calle, reclamaron al Ayuntamiento que obligara al establecimiento a dar una salida que no fuera molesta al aire caliente de las turbinas de aire acondicionado, ya que asfixiaba a los inquilinos de las primeras plantas. La mujer está siendo medicada por el estrés sufrido, pero “en el Ayuntamiento siempre me dan largas”, denuncia con indignación.

A simple vista, se pueden observar en las calles de Vila innumerables climatizadores instalados que incumplen las ordenanzas municipales. Es frecuente para cualquier transeúnte sufrir un inesperado golpe de calor procedente de alguno de estos aparatos intalados inadecuadamente.

En la calle Juan de Austria, una comunidad de vecinos ha remitido un escrito al alcalde Xico Tarrés. Su edificio da a la avenida Bartomeu Roselló, una de las más transitadas. “No podemos dormir en verano: a las tres o cuatro de la madrugada no cesan de pasar coches y motos, aparte de la gente que viene o va a las discotecas cantando y gritando; luego pasa el servicio de limpieza de las calles, más tarde el camión que recoge vidrios...”, relata una residente alemana. “Encima ÐagregaÐ ahora han estado de obras en un restaurante y han puesto tela asfáltica en la azotea y unos extractores enormes. Hemos preguntado al concejal de Urbanismo si tienen permiso y no nos han contestado”.

No es mejor la situación en la laza del Parque. Los inquilinos de un ático explican que el volumen del televisor tiene que ponerse a todo volumen para ser audible. Además, la plaza se convierte en un “aparcamiento de motos”, y hacia las 4 de la madrugada en un rockódromo. “Se ponen a tocar los tambores, y si les dices algo te llaman fascista”, cuentan.

“En los años 70, mi abuela ya tuvo que dejar su casa de la calle de la Virgen por el follón que tenía”, explica esta afectada, que recuerda cuando la plaza era un “oasis”, un remanso de paz con tiendas, pescaderías y panaderías. “Pero no son sólo los bares los que causan el ruido, aunque algunas terrazas no son problemáticas”, admite.

Otra residente demanda más “respeto” hacia una ciudad “en la que parece que nadie vive o trabaja, todo el mundo tiene que estar de fiesta. Los turistas parece que no entiendan que aquí vive gente que tiene derecho a hacer su vida normal”.

Ruido excesivo incluso en temporada baja
Un estudio realizado a través de 200 sonometrías efectuadas en las principales poblaciones y núcleos urbanos de las Pitiüses detectó niveles ilegales de contaminación acústica. Entre marzo y mayo de este año, aún en temporada baja, los estudiantes del módulo de Formación Profesional de Salud Laboral del instituto Algarb, dirigidos por el biólogo Bartolo Planas, tomaron datos en Vila, Sant Antoni, Sant Jordi, Puig d´en Valls, la Savina, Sant Francesc Xavier, Sant Ferran, Jesús, polígonos industriales y núcleos cercanos a las principales carreteras. El resultado: demasiado ruido. Vila superaba en 11 decibelios los 55 permitidos por ley en zonas residenciales, al igual que sucedía en Santa Eulària. En definitiva, el experimento demostró que las Pitiüses “son tan o más ruidosas que Madrid o Barcelona”.
Precedentes de vecinos indemnizados
El problema de la contaminación acústica no es nuevo en la isla, especialmente en las zonas de mayor densidad turística, donde el descanso de los residentes se ve alterado a menudo por las numerosas actividades dirigidas al turismo, principal motor económico de Eivissa.

La Organización Mundial de la Salud explica en el artículo 15 de su Constitución que “los niveles de saturación acústica en el exterior de las zonas de vivienda producen graves molestias y daños”. Aparte de las ordenanzas municipales de cada municipio, en Balears existen también normas autonómicas al respecto, concretamente las leyes 8/95 de 30 de marzo, los decretos 18 y 19/96 de 8 de febrero (que regulan las actividades clasificadas) y el decreto 20/87 de 30 de abril, que regula los máximos y mínimos en cuanto a ruidos y vibraciones. La maquinaria aministrativa no suele resultar todo lo eficaz que desearían los ciudadanos, pero existen precedentes que animan las protestas ciudadanas: en mayo de 1999, un matrimonio de Talavera de la Reina (Toledo), una ciudad de 69.000 habitantes) fue indemnizado con 500.000 pesetas (3.000 euros) porque el Ayuntamiento hizo caso omiso de sus múltiples quejas prococadas por el “volumen brutal” del bar que tenían debajo de su piso. Y el Tribunal de Estrasburgo marcó otro precedente el 9 de diciembre de 1994 al considerar “violación de domicilio” el ruido padecido por un vecino de Lorca (Murcia) que soportaba molestias por olores, ruidos y humos de una depuradora cercana a su vivienda.

También el Ayuntamiento de Valencia indemnizó con medio millón de pesetas a varios vecinos de la ciudad que sufrían el estruendo de un bar, e incluso en 1998 el Ayuntamiento de Sevilla pagó 100.000 pesetas a un hombre por una ruidosa noche de concierto.

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