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Madrid, 13/10/2002

Suplemento dominical

Democracia contra señoritos

Agapito Maestre. Catedrático de Filosofía
LA calle, esencia de la ciudad, es de todos y a todas horas puede ser transitada. Porque la calle no tiene propietarios, potencialmente nos pertenece a todos pero materialmente no tiene un poseedor determinado, es tanto el símbolo como la carne de la democracia. Sin calle, pues, no hay democracia.

Sin embargo, una turba de señoritos la ocupa sistemáticamente los fines de semana sin que nadie les plante cara con seriedad, o sea, recurriendo al arma fundamental que el Estado moderno ha utilizado para vertebrar la sociedad: el monopolio del uso de la violencia.

En efecto, nuestros correctos y medrosos políticos, más preocupados por captar votos que por favorecer la creación de bienes en común, miraron para otro lado antes de recurrir a este instrumento del Estado de Derecho. Esa indolencia centrista, ese pánico ante la simple posibilidad de ser tildado de «represor» por los progres y descerebrados ideólogos de esta nueva turba «urbana», ha hecho que nuestros políticos recurran tarde y mal a las medidas coercitivas para solucionar un problema que va más allá de una simple y coyuntural alteración del orden público ¡El proceso de infantilización de la gente se les ha ido de las manos a los profesionales de las elecciones! La turba juvenil ha conseguido pervertir el sentido de lo público! ¡Con la privatización totalitaria de la calle, de lo público, ha desaparecido cualquier posibilidad de comunicación entre los hombres!

Ante la pasividad de nuestros políticos, entretenidos en legislar normas que luego no se aplican, caminar por nuestras calles sin ser molestados por los detritus de la horda del botellón comienza a ser una tarea de héroes, de ciudadanos, que no están dispuestos a tragar con la «idea» de que la diversión individual es ocupación salvaje de los espacios públicos.

Grave es la cuestión, sin duda alguna, cuando hemos de defender lo obvio. Más aún, el nivel de salvajismo de esta turba de fin de semana es de tal magnitud que resulta imposible atajarlo con palabras, pues éstas, al contrario de lo que dice Homero, ya no abrirán caminos. La turba urbana que caga, mea y vomita en nuestras calles, o en la puerta de nuestras casas, quizá sólo «comprenda» el sabio lenguaje del Estado de Derecho: coerción y castigo contra los agresores del espacio público, que nos da la posibilidad de ser auténticos hombres. La turba, por eso es turba, no sabe de autolimitación, sino de resentimiento contra el hombre solitario que ejemplifica con su acción la excelencia. La turba es una manera de excitación colectiva contra el hombre libre.

Sin embargo, no seamos pesimistas, estas hordas de fin de semana pueden ser fácilmente reducidas, sencillamente, porque no pueden crecer. Las personas que les rodean los desprecian. Su tragedia es que les gustaría ser más numerosos, pero sólo alcanzan a ser masa, que ha empezado su desintegración, como nos enseñó el sabio Canetti, por que no crece. Una razón más para exigirle a los políticos que sólo la utilización democrática de la fuerza puede quebrar a esta masa salvaje. Quizá la policía, por qué no, consiga que alguno de sus miembros pudiera hacerse individuo y, quién sabe, quizá con el tiempo, un normal ciudadano. ¡Los salvajes de Cáceres, o los que le arrancaron la mano a la Cibeles, habían pasado por la Universidad!

Los políticos profesionales, que durante mucho tiempo han estado cambiando litronas y falsa «cultura» hedonista por votos, deben exigir que se cumplan las leyes.

No es necesario legislar nada nuevo
La libre movilidad de los ciudadanos por la ciudad es un derecho que está por encima de cualquier otra consideración privatista de la horda juvenil, que sólo quiere vencer su aburrimiento arruinando lo público, el espacio que nos es común para desarrollar nuestra libertad y comunicamos con el prójimo. Respecto a sus descerebrados ideólogos, que se esconden detrás de la palabra «progresista» y derivados de última hora («tolerancia», «noches de libertad», «expansión de la vida» y «cultura de la dejadez»), sólo les pido que limpien la mierda que los fines de semana tiran a nuestras calles sus seguidores. ¡Sería un excelente forma para que su triste defensa de la libertad absoluta no terminara convertida en banalidad! O sea, una manera ejemplar de fundamentar la libertad en la naturaleza y la historia.

En fin, porque lo peor del salvaje es que le gusta hacer el salvaje, ingenuo es creer que los impulsos criminales de esta turba urbana pueden ser domesticados a través de la creación de espacios de recreos al margen de la ciudad, pues la esencia de esta horda es ocupar la calle, un lugar, por fortuna, cuya misma diversidad plantea el obstáculo fundamental para la unión y crecimiento de la manada. No respaldar las medidas coercitivas contra esta gentuza es algo peor que colaborar con la brutalidad, es negar la posibilidad de compartir la calle sin tener que mirar al otro de modo sospechoso. Sólo hay una alternativa o aplicarse contra la horda de fin de semana para que la ciudad no deje de serlo o caminar escondidos en la noche esquivando los vómitos, orines y mierdas de estos nuevos señoritos, totalitarios, del siglo XXI.

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