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Asturias, 01/10/2002
OPINION

Terapéutica del «botellón»

Luis Arias Argüelles-Meres

Ironizaba, con la finura que le era propia, don Juan Valera acerca de lo que él llamaba libros terapéuticos, refiriéndose a los tan olvidados regeneracionistas. Salvando las abismales distancias, yo también abomino de los escritos terapéuticos no sólo por su inutilidad, sino también y sobre todo por su moralina, mohosa por definición. Viene esto al caso de la cacareada polémica acerca del «botellón» que, como suele suceder, no repara en lo esencial y se trata de una discusión, además de sesgada, falaz. Vamos a ver. Es inquietante que una de las pocas cosas que puedan movilizar a los jóvenes sea la hora del cierre de los bares. Y es vomitivo el cinismo de quienes dicen preocuparse por el consumo del alcohol de los adolescentes y jóvenes, al tiempo que no se les dan alternativas, y que además resulta muy cómodo que sea éste uno de sus escasos desfogues.

Nada que oponer a la perogrullada común. Es deprimente que se beba tanto y que los comas etílicos sean acontecimiento común los fines de semana. Es insultante que las calles estén llenas de plásticos y de basura. Y no es de recibo que se conculque el derecho de muchos ciudadanos a pasear por calles limpias y a descansar. Dichas todas monsergas de sermón de simpleza mayúscula, parece obviarse de la prédica la calidad de las bebidas que se sirven en muchos locales de moda, a veces, por lo que se barrunta, ínfima. Parece obviarse que cada vez se empuja a los jóvenes a una especie de gueto, como son los espacios donde beben, porque en el resto de la sociedad apenas tienen sitio, mucho más si se habla de futuro.

Se les alienta a que se agrupen y se comporten al modo tribal. Son una paradoja. La reserva de un futuro que no existe. La metáfora de un porvenir que es sólo virtual. No tienen sitio en el presente. El futuro es para ellos algo peor que una entelequia. Es una quimera. Y, desde esta realidad tan cruda y tan cínica, se les sermonea.

Prohibir el «botellón». Esta especie de reserva india que emerge los fines de semana ya está dejando de ser bien vista. Huele mal el vómito sobre las aceras. Hacen mal efecto los restos de las batallas, restos de plástico que difícilmente reciclan. Encima, son ruidosos. Pues fuera de un gueto que es al mismo tiempo escaparate.

Pero nada de soluciones. No vayamos a equivocarnos. Para cualquier mandatario político no hay más horizonte temporal que los cuatro años de mandato. Los que sobrevivan a este naufragio de alcohol y pastillas que reclamen cuando toque al político que se presente a las elecciones. De momento, que no salgan del gueto. Pero que al mismo tiempo no espanten a circunspectos ciudadanos que pueden retirar el voto, o cambiar su orientación.

Que el orden reine en las calles como abono del florecimiento de votos. Todo lo demás, es material convertible y reciclable. Terapéutica del «botellón». A beber a otro sitio donde no molesten ni ensucien. Pero, a poder ser, que no protesten, que no exijan, que no digan por todos los dioses esa palabra que causa escalofríos. Que no se hable de futuro. Es invocar al mismo diablo.

Mientras, volvamos a las buenas costumbres. Nada de adolescentes y jóvenes con ruido y basuras en las calles. El ruido y la furia para espacios donde no molesten a nadie. Si encima fueran virtuales, sería fantástico, oiga.

Doña Demagogia, señora y dueña de esta sociedad, se frota las manos. Todo tiene arreglo. Menos el futuro. Que no existe, porque aquello que no se traduce en votos es irreal. Y todo lo demás es literatura terapéutica, buena, bonita y barata. ¡Faltaría más!

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