Albacete, 26/09/2001 La guerra del botellónEs el penúltimo objeto de deseo, lo que queda de la pelleja movida del viejo profesor, el lenguaje y los gestos los enriquece la jerga actual y cuando la juventud parecía haber perdido el perfume callejero, cuando las terrazas este verano las ganó la familia que se toma unas cañas, vienen los políticos y del hecho habitual y espontáneo hacen un código, un mandamiento, una regla, así que ya tenemos el estimulante, una invitación al vals de las trasgresiones, deviene en ley seca, en el porro maldito, la euforia se dispara y hasta puede llegar una mafia que le saque partido a la situación y obligue a salir a los Intocables con su sombrero, su chaleco y su canesú. Por un botellón en una esquina hacen la guerra del vino, una lucha estúpida, no sólo los que se la cogen –la copa– con papel de fumar, sino los moralistas de segunda fila, que beben en solitario –en realidad son onanistas consagrados que disfrutan a solas de privilegios que para sí quisieran el chaval de la esquina y su chorba– mientras se escandalizan.Siempre hay alguien procilve a una guerra santa, como si les hubieran dado la llave del bien y facultades para seleccionar a los inquilinos. Aquí, la confesión de una chica que fumó marihuana le habría impedido casarse con un príncipe noruego, aunque Europa hubiese hecho la vista gorda. No habría inventado Mary Quant la falda corta en la Zona, pero Carnaby Street bailaba de contenta aquel día londinense sin niebla y con canciones. Ni tanto ni tan calvo, viene a decir la sentencia, pero aquí nos pasamos siempre y frente a la contracultura llegan los gendarmes de la ortodoxia. Si al final la juventud se lía la manta a la cabeza, porque no les gusta ni el sitio ni la gente con la que viven, lo mismo se trata del mayo francés. En Nueva York hay estos días letreros de jóvenes que recomiendan, frente al patriotismo de musical y vendetta, entre la madre de todas las batallas y la justicia infinita, hacer el amor y no la guerra. Por un botellón no se hace una guerra moral, en una sociedad de falso absentismo que empina el codo desesperadamente –un güisqui, por favor, la bota y el gin tonic en los toros, cócteles en el cóctel– y mira por la ventana y le causa terror un traguito juvenil. Han perdido la ocasión de dar ejemplo y mientras el alcohol cierra sus ojos se acuerdan de Santa Bárbara (cuando truena). La peor hipocresía es la hipocresía política. Me fío más de los que beben que de los que quieren evitar que beban. Me quedo con Manuel Alcántara: «Prohibir la bebida ha sido siempre un error además de un horror–escribe en el prólogo del libro de José Luis Garci Beber de cine–, y perseguir su consumo ha sido una catástrofe. También es una insensatez beber para olvidar primero. Es mejor seguir el consejo de Breton y olvidar primero y beber después».
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