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Zaragoza, 17/9/2000

La costa de los ruidos

PALABRAS CON DOMICILIO
"A mí me gusta Comarruga, hasta las playas están limpias, pero con ese ruido... Yo venía a la Costa Dorada y me encontré con la Costa de los Ruidos; es lo que aquí prevalece, la batahola"
Hipólito Gómez de las Roces

"Querido Hipólito: no esperaba esto de ti; siempre supuse que el sitio que tu me recomendaras para veranear sería un remanso de calma y de sosiego pero buena me la hiciste o me la hice, por hacerte caso. Ya puedes jurar que el año que viene (si es que me viene...) preferiré arreglármelas solo. Comprendo que con mala intención no lo habrás hecho, pero el resultado ha sido el mismo: siguiendo el consejo que te pedí, alquilé un apartamento en una urbanización que conoces bien, de San Salvador-Comarruga, y desde que llegué fue imposible la calma. Hubiera preferido veranear en Kosovo cuando lo de la guerra".

"Pero reconozco que en Vendrell, término municipal al que pertenecen aquellos barrios marítimos, el Ayuntamiento sólo garantiza el ruido; aunque se pueda morir de decibelios, la sonoridad está asegurada por medios enloquecedores pero no letales. Eso sí; durante noche y día la avenida Palfuriana, que es una carretera disfrazada de calle, se hace notar por las motos que corren felices porque las dejan ir a escape libre para que la gente sepa que están pasando y que unos son "moteros" y otros motoristas, aunque no capto la diferencia que quizá corresponda a distintos niveles de urbanidad. A las motos les ayudan unos coches que pasan y vuelven a pasar con imponentes aparatos megafónicos para anunciar espectáculos de mayor estrépito del que van anticipando unas muestras convulsivas y atronadoras".

"Lo malo no sería nada de eso si a las diez de la nit uno supiera que gozaría de calma, pero ¡que va! A las diez de la nit se inicia lo peor; ya sabes, Hipólito, que a la derecha del apartamento que alquilé por tu consejo está el Hotel Europe y que a la izquierda se encuentra el Hotel La Cabaña; en el primero dicen que prevalecen los alemanes y en el segundo, los iberos. Bueno, pues no quieras oír la que arman en uno y otro hotel con músicas al aire libre para todos: los que están o van a esos hoteles a macerarse los tímpanos y los que estamos silentemente en nuestros apartamentos sin posibilidad de protegernos ni por babor ni por estribor".

"Eso sí; tampoco el Ayuntamiento de Vendrell hace nada por amparar a los tontos como yo; llamé una noche a la Policía Municipal y casi me detienen. El diálogo fue aproximadamente este:

--¿Policía municipal?

--Sí, ¿qué desea?

--Oiga, es que en el Europe y en La Cabaña están poniendo música a toda pastilla y al aire libre y en mi apartamento que está casi en medio de los dos hoteles no se puede ni dormir ni hablar ni leer; si acaso suicidarse.

Mi interlocutor municipal, aparentando no creérselo, me contestó a la gallega:

--¿Quiere Vd. decir que hay música en el Europe y en La Cabaña?

Respuesta:

--No es que lo quiera decir, es que se lo estoy diciendo ¡caramba! (en honor a la verdad histórica, lo de 'caramba' no fue la palabra pronunciada).

--Bueno, respondió el municipal resignado, pues tendremos que ir a ver que pasa...

--¿Cómo que a ver?; lo que tienen es que oír y hacedles callar.

--Bueno, es que a lo mejor tienen permiso del Ayuntamiento...

--¡Ah!, respondí rápido, ¿pero es que el Ayuntamiento da permisos para molestar a los vecinos? En ese caso, mándenme inmediatamente una licencia de tambores para usar de diez a dos de la noche o, por lo menos, hasta las doce, que se van a enterar en esos hoteles".

"Mi interlocutor replicó que eso era imposible y que en todo caso la licencia que pedía llevaría sus trámites y que tuviera en cuenta que 'estamos en verano' y que había que proteger el turismo. Fue inútil decirle que yo era un turista y que tenía la costumbre de dormir, desde recién nacido. Pero me adujo apagándosele la voz, porque no parecía creérselo, que 'el Ayuntamiento era la autoridad y merecía un respeto'; o sea que todos son respetables en Vendrell salvo los que queremos descansar. Con eso me quedé y lo grave es que la agencia inmobiliaria se llama Andana, que en los hoteles me llaman de todo porque protesto y que el común de los vecinos parece resignado como corderos. ¡Dios que buenos vasallos aunque no haya buen señor!".

"Estaba deseando que llegaras a San Salvador para decirte todo esto pero algo ha debido pasar para que no vinieras. Tú que eres abogado y dicen que de los buenos, ¿podrías hacer algo? A mí me gusta Vendrell, me gusta Comarruga y me gusta San Salvador; hasta las playas están razonablemente limpias, que para eso emplean unas máquinas potentes que a fin de no competir con la música de los hoteles y asegurar veinticuatro horas ininterrumpidas de sonoridad no se ponen en marcha hasta que acaba la otra marcha, digamos el último tango, pero con ese ruido ni volveré ni recomendaré a nadie que venga. Yo venía a la Costa Dorada y me encontré con la Costa de los Ruidos; es lo que aquí prevalece, la batahola. ¡Haz el favor de contestarme, hombre! Ten valor y dime por qué me hiciste semejante faena". Pensaré qué podría contestarle si otros callan.

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