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Granada, 27/03/2000

Movida

Tribuna Abierta
COMENTABA una alta funcionaria sueca de Obras Públicas, durante una visita a España en los años 70, que «una diferencia fundamental hoy por hoy entre nuestros dos países estriba en que para nosotros el espacio público es de todos y, sin embargo, para ustedes es de nadie».

Uno, que quiere pensar que en estos treinta años debe haberse producido una evolución a mejor, descubre -no sin asombro- qué poco hemos avanzado en algunos aspectos de la realidad social. Soy de la opinión de que la espectacular evolución del país en las tres ultimas décadas en materia económica -aumento de la renta per cápita, mejora de infraestructuras y equipamientos públicos, generalización progresiva del acceso a la educación y la sanidad- no va ciertamente acompañada de una paralela consolidación del nivel de civismo de la población. Me estoy refiriendo a la educación cívica, como uno de los preceptos fundamentales que guían la vida común en los países más civilizados, aquellos a los que pretendemos equipararnos en esta desenfrenada carrera para coger el tren europeo, superando tantos años de ostracismo. Pero la concurrencia con los países que están a la cabeza de este proyecto no pasa sólo por Maastricht.

En mi contraste de pareceres con amigos de otras nacionalidades he podido comprobar la generalizada impresión, el tópico insuperable, de los invariantes castizos de nuestra cultura, a saber: afición a la juerga; ejercicio de la mediterránea costumbre de hacer de la calle un foro de vida y de reunión; gusto por el cante y el baile, por la espontánea expresión, por la comida y la bebida con los amigos, a poder ser hasta altas horas de la madrugada; trato entrañable y abierto, pasión por la vida vivida con intensidad... Si bien esto no es estrictamente generalizable, qué duda cabe de que constituye parte de nuestra cultura, y estoy hablando más concretamente de cierta imagen que los andaluces proyectamos hacia el exterior. Sin ánimo de extenderme en precisiones sobre la idiosincrasia del Sur, quiero pensar que el problema que nos ocupa tiene parte de su origen en estos matices de raigambre cultural que anidan en lo más profundo de nuestro acervo, en combinación desafortunada con esa falta de espíritu cívico a que aludíamos al principio. Y llego con esto a una primera estación de perplejidad: el factor que debiera enlazar el binomio civismo-idiosincrasia no es otro que la educación. Pues bien, algo falla en nuestro sistema educativo, cuando conductas de determinados colectivos son tan manifiestamente antisociales como se viene evidenciando en los últimos meses -¿o debiéramos decir años?- en este desagradable problema de la diversión callejera.

Nos surge enseguida una siguiente incógnita: ¿Por qué ahora? ¿Por qué, en tan pocos meses, se ha desencadenado tamaña reacción ciudadana, agudizada de forma estrepitosa en las últimas semanas? Indudablemente, se trata de un problema social de primera magnitud. Pero no es un asunto nuevo. En nuestra ciudad, en la comunidad autónoma, el eco de las voces quejosas es antiguo. Lo que ocurre es que, en ese necesario proceso de civilización a que antes aludíamos, la sociedad se hace -o debiera hacerse- más reivindicativa, más exigente, más participativa y esa poderosa herramienta de la participación ciudadana como base de un estado democrático está dando frutos en este campo y debe llevar aparejada la consecución de soluciones. Ahora bien, no resulta suficiente como instrumento para la resolución del problema. Porque el problema es complejo y hay que empezar por reconocer este hecho. La falta de atención a este elemental principio lleva a la desorientación, a la desinformación y a la desconfianza, en una desmoralizadora espiral de caos que nos coloca en una nueva plataforma de perplejidad: ¿Cómo es posible que la imagen que los ciudadanos nos estamos llevando en estas últimas semanas de la actuación de los poderes públicos sea tan pobre? ¿Tan difícil resulta oír algún análisis sensato, que aborde el problema con globalidad? Mi conclusión es la siguiente: difícilmente podemos obtener una respuesta redonda, enfática al problema, porque no la tiene. La verdad está en la suma de verdades de los distintos participantes implicados y hay que encontrarla buscando un enfoque pluridisciplinar, que no he percibido en ninguna de las intervenciones que he captado hasta el momento y estoy atento.

Pero no sólo eso. Para mayor asombro, estamos oyendo cosas y presenciando iniciativas que no sólo no constituyen soluciones, sino que pueden resultar absurdas -incluso vagamente grotescas-. Y quiero pensar que la razón de estos «palos de ciego» está en una desinformación de base que conduce a esta falta de efectividad. ¿Ustedes han estado en alguna de las áreas identificadas con esta movida en hora punta? ¿Saben cuál es el tejido social del que proceden estos jóvenes -o no tan jóvenes- que colapsan la calle en fin de semana? ¿Qué edad tienen? ¿Estudian o trabajan? ¿Son mayoritariamente hombres o mujeres? ¿De dónde sacan el dinero que gastan? ¿Se lo dan sus padres? ¿Saben sus padres acaso lo que hacen sus hijos en sábado noche? ¿Les importa? ¿Qué piensan estos jóvenes de la sociedad en que viven? ¿Qué piensan de ustedes, sufridos ciudadanos insomnes? Es evidente que no todo el que se divierte por la noche lo hace en la calle, bebiendo minis o litronas, ni organizando botellones. Entonces, pues, ¿qué porcentaje de trasnochadores es el que produce el problema? ¿Son conscientes de que molestan a los vecinos? ¿Lo son de que ensucian las calles, de que deterioran el mobiliario urbano? ¿Nadie les enseñó que eso no está bien en una sociedad civilizada? Reconozcámoslo, el problema no está únicamente en una dejación de funciones o descoordinación por parte de la Administración.

Está en las casas de las familias que nunca se interesaron por la forma de divertirse de sus hijos. De si beben, de si fuman, de si anulan los silenciadores de las motos que les compraron para ir al cole. Está en un sistema educativo que naufraga en la impartición de esas materias llamadas transversales que debieran abundar en principios de educación cívica, tan fundamentales como sumar o escribir. Hace veinte años nadie se escandalizaba si alguien escupía en el autobús, ni si se fumaba en una sala de espera de un hospital. Hoy en día se consideran conductas inadecuadas, reprobadas socialmente. Algo parecido deberá ocurrir con el escándalo callejero. Pero eso no se improvisa.

La respuesta no es policial, aunque el control ayude. La respuesta no es administrativa, aunque una adecuada ordenanza ayude al control. La respuesta no es urbanística, aunque una inteligente concepción de los espacios de ocio desde el planeamiento contribuya a un mayor orden de los usos urbanos.

Desde luego, la solución no parece estar en concentrar 'la marcha' en zonas acotadas. Porque, ¿qué pasaría entonces con los negocios -bares, pubs, discotecas- implantados en el contexto urbano? ¿Los van a cerrar todos? Tampoco parece adecuado lastrar a los campus universitarios con esa carga. ¿Qué ganaríamos con eso? ¿Y los vecinos de esas zonas? ¿La limpieza? ¿El orden público? La concentración no favorece necesariamente el control y mucho menos el acústico. En ciudades pequeñas ha funcionado la idea de trasladar la discoteca al Polígono Industrial. En una ciudad del tamaño de Granada no es tan simple y probablemente no es posible ni bueno dirigir las voluntades de forma unitaria.

Desde luego, durante los últimos diez años hemos asistido a una progresiva degradación del comportamiento social en el espacio público, cuando se trata de eventos o celebraciones. Valga como ejemplo la vulgarización experimentada por el día de la Cruz, convertido en puente de larga duración como excusa para las barras callejeras sin control de horas, de decibelios ni de aseos públicos... producto en gran medida de una permisividad mal entendida como 'licencia para todo' escasamente ejemplarizante. O la reinventada 'Fiesta de la Primavera', que tiene que trasladarse de ubicación para no machacar más el Paseo de los Tristes y a su entorno vecinal.

Concluimos, por tanto, que el problema es algo más que una batalla entre mayores y niñatos. Se trata de constatar una realidad social, que requiere una actuación consensuada, con una estrategia común y con plazos. Es necesaria una rápida regulación municipal que establezca una norma de comportamiento adaptada a la situación, si ello es posible. También, probablemente, la instrumentación de campañas informativas en centros escolares e institutos y la mayor implicación de padres y profesores en la común tarea de hacer una sociedad más justa. Y acompañar todo ello de una mayor reflexión positiva de personas y colectivos implicados, que se echa de menos en los foros públicos. ¿Dónde están los análisis sociológicos de la realidad de los jóvenes? ¿Dónde la contribución universitaria a una mayor información que ayude a conocer las causas del problema, para enfrentar las posibles soluciones? Tal vez la investigación está en marcha, pero no se difunde adecuadamente.

Me pregunto si no sería conveniente la convocatoria de comisiones de trabajo con participación de todos los implicados: vecinos, jóvenes, Ayuntamiento, Junta de Andalucía, Subdelegación del Gobierno, empresarios, Universidad. Tal vez por zonas, para extraer conclusiones sectoriales. Tal vez globalmente. No puede ser tan difícil. Otros lo han conseguido. Pero es responsabilidad irrenunciable de una sociedad conseguir que en las ciudades, el espacio público -la esencia de la vida urbana civilizada- sea verdaderamente de todos y no tierra de nadie.

JUAN LLOPIS

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