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Granada, 01/03/2000

Tribuna Abierta

Ruido

José Navarro

«Ahora que todo el mundo busca rasgos diferenciales, el ruido es uno en el que nadie repara, pero que nos mantiene unidos con más fuerza que cualquier plan de humanidades o que la ubicuidad de El Corte Inglés».

(Antonio Muñoz Molina)

HACE ya más de un año me enteré de una noticia que me sorprendió. Aunque debo reconocer que la sorpresa fue relativa. Un informe oficial revelaba que España era el segundo país del mundo en producción de ruidos. Tan sólo Japón nos superaba a los españoles en esa competición peculiar donde el lugar privilegiado en el podio debería ser inversamente proporcional al orgullo de los ciudadanos. La noticia confirmaba algo que casi todos padecemos pero no nos atrevemos a denunciar, quizá porque ya estamos demasiado acostumbrados al ruido o porque no queremos perder el tiempo en causas perdidas. En Inglaterra, en Francia e incluso en Rusia se nos considera a los españoles como grandes amantes del ruido, de las fiestas nocturnas y del jolgorio más desinhibido. Será por algo.

Recuerdo un viaje que hice a Dublín cuando era estudiante. Estábamos mi compañero y yo con una chica irlandesa que nos dijo que esa costumbre nuestra de sentarnos en un restaurante y eternizarnos con un café mientras arreglábamos el mundo a voces no era bien acogida. Lo que no sabía nuestra pelirroja interlocutora es que eso no era nada más que una ridícula proyección del ruido verdadero, genuino y enloquecedor que ameniza nuestras vidas en las grandes ciudades. No imaginaba ella el sonido estridente e impenitente de las motocicletas, ni el zumbido agudo de los cláxones de los coches, ni el rumor incesante de las máquinas tragaperras en los bares; bares donde se prodigan algunos personajes ancestrales, enfermos de irrealidad, que hablan a voces con los camareros acallando cualquier conversación medianamente sensata. No sabía nuestra amiga que, aparte de haber descubierto el botijo, el futbolín, la fregona y el chupa-chups, los españoles también ocupábamos un lugar privilegiado en la clasificación mundial de producción de ruido.

Creo que si hubiera una clasificación nacional del ruido, Granada ocuparía también un lugar privilegiado en el podio. Aquella Granada tranquila que habita en el recuerdo de los ancianos, aquella ciudad milagrosamente asentada entre el mar Mediterráneo y las montañas nevadas que era el orgullo de sus gentes y el lugar preferido por viajeros románticos amantes del silencio y de la belleza, se ha convertido en una triste parodia de lo que fue. Ahora el silencio y la tranquilidad sólo son alcanzables mediante una especie de exilio o de retiro. Mediante una huida al campo o las montañas, si es que uno es capaz de eludir las procesionarias de coches que dibujan certeramente los caminos de tierra y las carreteras secundarias. Ni siquiera el Albaicín, ese reducto de paz de calles hipotéticamente intransitables, construido por los árabes con la intención de preservar la paz y la intimidad, se ha salvado de la invasión perversa del ruido. Al estrépito constante de los coches, de los autobuses y de los camiones que circulan por calles imposibles, se ha sumado el canto de sirena de los martillos neumáticos y de las excavadoras. Y no es que los obreros estén arreglando los monumentos deteriorados, sino destrozando las calles para instalar cables o tubos en unas obras tan lentas como la construcción de las pirámides de Egipto.

Pero si uno es amante de las sensaciones puras y desea entrar en contacto con algo que podríamos llamar la idea platónica del ruido, entonces deberá visitar la calle Pedro Antonio de Alarcón. Aquí, el ruido no se produce inadvertidamente por la actividad mental o física de sus transeúntes, sino que se construye concienzudamente a golpe de gas o de acelerador, mientras que los peatones quedan reducidos a objetos tridimensionales que hay que sortear como si fueran temblorosos monigotes en la pantalla de un ordenador. El azar o la necesidad ha dictaminado que sea esta calle la elegida para la catarsis de los grupos de jóvenes, que profesan el ruido con un fervor gregario. Parece que la diversión tranquila y sosegada y el placer del silencio y la conversación no casan bien con nuestra mentalidad. Preferimos el estruendo, el follón y las fiestas grandilocuentes. Y cuando se suman todos estos fervores o simples preferencias, el resultado es una jungla indescriptible donde evoluciona el caos y la estridencia. Lo cierto es que, cuando uno deja atrás esta jungla de Pedro Antonio, experimenta una sensación de alivio que se manifiesta en una agradable descongestión del oído.

El ruido se ha expandido por algunas calles del casco antiguo de la ciudad como una extraña divisa o una atrabiliaria seña de identidad. En Calderería o en el Zacatín es un sonido más o menos tolerable y más o menos comprensible debido a que son lugares de mucho tránsito peatonal. Pero en la calle Elvira o en la calle Molinos, donde el tráfico obsesivo se junta con los santuarios etílicos de moda, el ruido se hace pesado, redundante y triste. ¿Cuándo van a hacer esos señores llamados políticos una ley de peatonalización seria y rigurosa de la ciudad? ¿Cuándo vamos a poder disfrutar de las calles tranquilamente sin que un demente al volante nos clave su jodido claxon en el tímpano? ¿Cuándo van a aprender los constructores de bloques a insonorizar decentemente los tabiques de los pisos? Cuándo, en definitiva, artículos como éste van a ser tomados medio en serio y no cómo meras formulaciones utópicas de un escritor de provincias.

JOSE NAVARRO

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