Últimamente los medios de comunicación nos están aturdiendo los oídos con noticias sobre el ruido. Parece que nuestra ciudad es una de las más ruidosas en el país más ruidoso del mundo después del Japón. A esto se llama estar en candelero. De todo esto estuvimos debatiendo en el 1er. Congreso Nacional Contra el Ruido, organizado por la Plataforma Estatal Contra el Ruido (PEACRAM) que tuvo lugar en Zaragoza a finales del pasado mes de abril y donde expertos de distintas ramas: técnicas, médicas, urbanísticas, jurídicas y sociológicas, estuvimos tratando de aportar soluciones a esta nueva plaga del mundo moderno. Resulta al menos chocante que algo tan etéreo y aparentemente intrascendente como es el ruido pueda merecer nada menos que un congreso nacional, al que por cierto sus gallardos organizadores quieren dar periodicidad anual, que por algo son aragoneses. El ruido es sin embargo el contaminante ambiental que más sufrimiento ocasiona a los ciudadanos, a juzgar por el número de reclamaciones y denuncias que se presentan cada día en los registros municipales y judiciales. Estamos hablando obviamente del ruido abusivo y evitable no del que todos tenemos que soportar como contraprestación a los tiempos que nos han tocado a vivir: a mi personalmente me resulta molestísimo el ruido del ordenador con el que redacto este escrito pero me tengo que resignar si quiero entregarlo con cierta rapidez. No pensaba igual el ejecutivo y usuario de una oficina céntrica de nuestra ciudad que no pudo encontrar otra manera de recobrar el sosiego necesario para el desempeño de su profesión que comprar la totalidad de los cupones de una conocida organización benéfica que ofrecía el invidente pero estruendoso vendedor con el arcaico sistema del grito pelado. No sé lo que dirá al respecto la reciente ordenanza antivandalismo pero por el momento el ejecutivo en cuestión se ha mudado de oficina. Algo parecido sucede con el tráfico, parece ser que tenemos que soportar los inconvenientes que produce, como los humos y ruidos, porque todos somos o hemos sido usuarios, pero dentro de un orden digo yo, que para eso están la tecnología y las normas ambientales y no creo que a esta alturas de la civilización nadie tenga que soportar el estrépito provocado por una motocicleta cuyo silenciador ha sido manipulado por su maléfico conductor precisamente para hacerse oír. Pero de toda la selva de ruidos que nos rodea el que se lleva la palma en número de reclamaciones es el llamado “del ocio”, según se expuso en el referido Congreso, aunque debería ser innecesario aclarar que no es el entretenimiento o tiempo libre del ser humano el que de por sí produce ruido sino que hoy en día parece impensable un local público, cualquiera que sea la actividad a que se destine, ya sean bares, panaderías o funerarias, que no esté “amenizado” con algo parecido a música, que por cierto cada día sube un poco de volumen y desciende de calidad, al menos para el que esto escribe. Como excepción destacable debo decir que hace unos meses tuve la grata sorpresa de utilizar un metro de las proximidades de Madrid en el que se escuchaba una maravillosa música barroca que, aunque no era necesaria, le sumergía al viajero en una especie de atmósfera soñadora y relajante que la hacía olvidar las prisas de la gran ciudad. Algo muy alejado de la odiosa “música de ascensor” con la que se empezó hace ya varias décadas esta moda absurda y por supuesto de lo que te obligan a escuchar ahora en cuanto uno sale de su casa. Pero el tema se complica si se trata de un local para jóvenes donde previamente acuden masivamente provistos de auriculares, supongo que para irse acostumbrando a lo que les espera. En Francia estos equipos no pueden superar los límites que para evitar problemas auditivos aconsejan las autoridades sanitarias En nuestro país, sin embargo, estamos incubando una generación de sordos para que no nos tachen de “obsoletos”. Si, según los médicos especialistas que asistieron al Congreso, la única manera de paliar los gravísimos problemas auditivos que ya se detectan en la gente joven es someterles a períodos de descanso acústico ¿cómo vamos a lograr en este ambiente acostumbrar a nuestros hijos a estar en silencio? Se dirá con razón que en el fondo todo esto es una cuestión de educación pero mucho me temo que también se está convirtiendo en un problema de orden público porque a los vecinos del piso de arriba del bar musical insuficientemente insonorizado por ahorrarse unos euros, como hay decenas en Valladolid sin ir más lejos, que llevan varios meses sin poder dormir más de tres horas seguidas y que no pueden trasladarse de vivienda porque la que tienen se ha devaluado casi a la mitad de su valor precisamente por el local indeseado, no le puedes explicar que debe ser tolerante con el “derecho a divertirse” de los demás porque te pueden proferir algo más que un exabrupto sonoro. Menos mal que por el momento la sangre no ha llegado al río porque para honra de nuestra Administración local, que es la competente en materia de licencias, la mayoría de estos locales se encuentran concentrados en zonas históricas y degradadas de nuestros pueblos y ciudades, donde sólo habitan ya poblaciones envejecidas, con escasas fuerzas y medios para afrontar una confrontación de estas características. Pero el problema puede ser más grave si hablamos de concentraciones incontroladas en zonas de ocio y si quieren un ejemplo cercano ahí tienen la zona del Moncasi en pleno casco histórico de Zaragoza, el barrio más conflictivo de Europa dicen ellos, con siete muertos en ocho años, ¿es este el modelo de ciudad que estamos buscando? En el Congreso se debatieron soluciones a estos gravísimos problemas, algunas propuestas por los propios hosteleros, que también les hay responsables y tienen derecho a ganarse la vida sin molestar al vecino. Pero curiosamente faltó la voz de la Administración, pese a estar expresamente invitada y pese a ser en la mayoría de las ocasiones la responsable por pasividad, según ha recogido una ya dilatada jurisprudencia, y en otras es precisamente la causante de los ruidos por sus instalaciones inadecuadas, de lo que también existe algún lamentable ejemplo en nuestra ciudad. Todos sabemos que el problema es complejo y que en algunos casos viene de antiguo pero existen medios legales para atajarlo o al menos atenuarlo. El vecino siempre es la parte más débil porque el ruido es muy difícil de probar y las pruebas periciales son muy costosas. Poca gente sabe el sufrimiento y los esfuerzos que hay detrás de una simple denuncia y si se han conseguido resoluciones favorables es porque los vecinos ya están dispuestos a todo con tal de recuperar su derecho a la salud y a la intimidad. Los Ayuntamientos están obligados a controlar permanentemente toda actividad que pueda causar daños o molestias a los ciudadanos y no pueden amparase en una carencia de medios porque deben exigírselos a la Administración competente y en último caso existen soluciones que trasladan el coste al titular de foco emisor: conforme al principio jurídico de responsabilidad por riesgo o el más castizo de “quien contamina paga”, la Administración puede exigir instrumentos de autocontrol de la actividad a sus responsables, como es el caso de los sonógrafos precintados. Recientemente hemos sabido por la prensa que el Ayuntamiento de Bilbao ha instalado un sistema que permite a la policía controlar en todo momento el nivel sonoro de los locales de ocio. Parece increíble que en la era de Internet y “Gran Hermano” pueda escapársele de las manos a la Administración un problema que nos está dejando a la cola del mundo civilizado. En el Congreso también se habló de la necesaria “reconversión hostelera”, de alternativas en grandes centros de ocio alejados de las ciudades, de modificación de hábitos etc. Pero los vecinos se merecen soluciones inmediatas y las ciudades deben volver a ser el espacio donde se desarrolle la vida humana en su integridad: residencial, laboral, comercial o tiempo libre, como lo era en la Europa medieval pero con transporte público moderno, y la Administración debe velar porque ello sea posible con equilibrio y respeto, y para eso está entre otros medios el planeamiento urbanístico que si puede remodelar barrios enteros, como hemos visto recientemente en nuestra ciudad, tiene que conseguir corregir engendros como las zonas “de movida” de nuestras urbes, que se han convertido en el producto estrella de nuestro tipismo carpetovetónico. Todo ello requiere voluntad y coraje político pero algo debemos de hacer urgentemente con nuestras viejas ciudades porque en otro caso convertiremos los centros urbanos en peligrosas y deshumanizadas zonas de oficinas, mientras sigue subiendo la siniestralidad por el tráfico rodado, se taponan permanentemente los accesos viales y se destruye la naturaleza, como ya está sucediendo en algunas grandes urbes españolas.
Agustín Bocos Muñoz
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