Hasta hace unos años se ha considerado la estupidez como algo de lo que no había que mostrarse orgulloso, y el estúpido, casi siempre con tendencia a hacer ostentación de su peculiaridad, era enseñado a ser discreto. La estupidez, como la inteligencia, son difíciles de definir, pero se intuye perfectamente cuando se está frente a una u otra. Por supuesto, no se trata de gasearlos, ni siquiera de esconderlos; se trataría de desmitificar, de dejar de aplaudir o asentir ante la imbecilidad de una minoría y de dar unos referentes válidos a una juventud excesivamente consentida que siempre ha sido y seguirá siendo rebelde, con o sin causa. Su camino pasa, como el que hemos pasado todos, por ese período de inseguridad y miedo que se enmascara con actitudes chulescas, pero que angustia mucho menos si se sabe que el mundo adulto, dentro de su frágil seguridad, representa un punto de apoyo más firme que tambaleante. Vienen todas estas consideraciones a cuento por la fatalista resignación con la que contemplamos cada día la violencia gratuita, el desprecio por el prójimo de esos jóvenes rebeldes insolentes, uniformados, con su "walkmamm" atronando en el vagón del metro, con las ventanillas de su coche abiertas para que la "música" a todo volumen dé fe de su pobre existencia, con las calles tomadas las noches de fin de semana impidiendo el descanso a todo el que lo intenta, exprimiendo motores y decibelios a sus ridículas motos, etc. Por supuesto que todas estas actitudes no son delictivas, pero al menos antes nos decían que estaban mal. Son, sobre todo, un síntoma de algo mucho más preocupante. Los jóvenes son las víctimas, y nuestra actitud hacia ellos no es de tolerancia, es de cobardía.
Esther Melcón Rodríguez, Secretaria de la Associació Catalana Contra la Contaminació Acústica (ACCCA) Barcelona
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